Adviento: aprender a buscar

Acabamos de empezar el Año Nuevo de la liturgia. Otra vez estamos en el Adviento, que no es solamente un tiempo litúrgico, sino toda una actitud, una filosofía de vida, actitud vital que debería atravesar toda nuestra existencia. Lo importante no es recordar la primera venida de Jesús; eso no es más que el pretexto para descubrir que ya está aquí. Tampoco es prepararnos para la última, aunque sea algo que también tengamos que hacer. Lo verdaderamente importante es descubrir que está viniendo hoy, en este instante.adviento32

Adviento es recordar que Dios viene. Pero, ¿es real? No es tan evidente dónde está Dios. ¿O sí? Miramos al mundo, miramos a nuestro alrededor, y muchas veces percibimos sus ausencias. Nos asomamos a nuestra historia, a nuestro país y nos sentimos inquietos por la tragedia. ¿Dónde está Dios? ¿Se ha desentendido de nosotros? ¿Le importa todo esto? ¿Dónde buscarlo? ¿Hacia dónde tenemos que ver?

Te propongo que este Adviento intentemos ejercitar nuestra mirada. Tal vez necesitemos aprender a buscar, aprender a mirar. Y eso es un regalo que el Espíritu hace a quien se lo pide, a quien le interesa buscar. Por ello le pedimos que nos dé una mirada que sepa buscar y percibir a Dios, a ese Dios que está viniendo ahora.

A Dios podemos buscarlo de muchas maneras y en muchos lugares: en los corazones de las personas, en las creaciones humanas, muchas veces reflejo de su grandeza, en las grandes realizaciones de la inteligencia humana, en el recogimiento de un oratorio, en la belleza imponente de la naturaleza o en el ruido de las prisas cotidianas en las que tantas veces vivimos.

Hay formas de mirar. Hay una mirada creyente y hay miradas trágicas, distraídas, ensimismadas, distantes, autorreferenciales, interesadas… Sabemos que nuestra mirada es “selectiva”. Nos fijamos más en unos aspectos que en otros, en unas historias que en otras. En esta realidad de nuestro México, por ejemplo, ¿qué vemos y contemplamos? ¿Seremos capaces de buscar a Dios, es posible rastrear sus huellas? ¿Podremos descubrir al “Dios que viene” en una situación semejante?

Ante todo, necesitamos una mirada creyente para descubrir a Dios presente en nuestro mundo, para recuperar el sentido de su presencia en nuestro horizonte cotidiano. ¿Lo sabremos percibir? Esta realidad tan compleja nos desafía. ¿Será nuestra mirada creyente o apática, esperanzada o trágica, pesimista o positiva? ¿Seremos testigos de esperanza o plañideras? Hay una forma de mirar centrada en percibir el mal, y tal vez es la que más desarrollada tenemos. Y hay otra volcada a percibir el bien, los signos del reino. Necesitamos esa mirada creyente que nos ayuda a contemplar la realidad desde Dios, que me remite a su proyecto, a su reino. Me permite ver todo más hondo, y considerar todo, desde las realidades íntimas, del corazón, hasta las políticas, culturales, económicas, sociales… en referencia a Dios.

Mi invitación es a que vivamos este Adviento con una mirada más atenta, creyente y esperanzada. Pidamos al Espíritu que avive nuestro amor, nuestra fe y nuestra esperanza. Seguramente podremos captar a nuestro alrededor algunas huellas de este Dios que pasa, que ya está entre nosotros. Vivamos un Adviento sellado por la esperanza.

 Testigos de esperanza ante el mal que abunda. Sin volvernos dramáticos ni pesimistas, basta mirar un poco alrededor para quedar perplejos y hasta abrumados ante tanto dolor inocente, ante la infelicidad y el sinsentido que atraviesan tantas vidas. La radiografía constante que nos dan los medios de comunicación es horrenda. Basta seguir un poco las noticias para darnos cuenta de cantidad de tragedias lejanas y cercanas: catástrofes naturales, crisis humanas, historias absurdas, barbarie, injusticia generalizada, mentira, éxodo de miles de personas hambrientas, accidentes, enfermedades, deterioro del medio ambiente, falta de valores, corrupción en muchos ámbitos, impunidad, explotación laboral, fanatismo, violencia de género, desprecio de la vida humana, sufrimiento de tantas personas sin un horizonte de vida digna… y un largo etcétera.

Llega a ser tan abrumador, que la tentación más frecuente es pensar que no se puede hacer nada, que en el fondo no es nuestro problema. Las realidades nos abruman de tal modo que optamos por pequeños remansos de paz y refugios individuales y colectivos. Y los cristianos, también los religiosos y los sacerdotes podemos tener mucho de esto. La evasión puede ser una de las más grandes tentaciones que tenemos. Tanto, que preferimos no mirar, o distraemos la mirada en otras cosas. Somos buenos, pero somos mediocres, andamos distraídos, nos da miedo desinstalarnos, preferimos no exponernos.

La falta de esperanza se puede expresar también bajo forma de cansancio. La vida se hace pesada y aburrida. Nos sentimos agobiados por el peso de la vida y de la maldad. Insensiblemente, se nos cuela la indiferencia y la pereza total.

Cuánto necesitamos la esperanza para ver y afrontar esta realidad del mal. ¿Cómo podríamos, sin esperanza, afrontar el lado difícil y penoso de nuestra vida? ¿Cómo estar en este mundo, en esta historia, en este país, plagados de mal, de muerte y de pecado? La falta de esperanza paraliza en un desencanto estéril. Sin esperanza nos llenamos de desaliento y de tristeza.

Parece que nos cuesta cada vez más interesarnos por los demás, por algo que no sea el propio bienestar, lo que nos resulta más cómodo o placentero. Poco a poco vamos cayendo en el “sálvese quien pueda”, en defender “lo mío”, mi nivel de vida, mis seguridades, mi mundo. Sin la esperanza de un mundo más humano, un mundo mejor para todos, nos vamos haciendo insolidarios, individualistas, insensibles al sufrimiento de los pobres, encerrados y apagados, sin gusto por el bien, la verdad y la belleza, sin la compasión que nos hace humanos. Sólo la esperanza nos pone manos a la obra.

 Testigos de esperanza y buscadores apasionados de Dios en el bien que abunda. No hay que darlo por sabido ni silenciarlo. Tal vez no sea tan patente, no siempre es tan inmediato percibir el bien que también abunda. No ocupa los titulares ni las portadas. No nos descoloca constatarlo. Pero el bien está ahí. Tenemos que evitar caer en un derrotismo o un pesimismo analítico ante la trama oscura de la historia. Hay mucho bien en el mundo; mucha alegría inocente, felicidad y sentido. Hay, en muchas vidas, espacios de bienestar, de amor, de gozo y de esperanza. Hay mucha fe adulta, muchas personas que sueñan, luchan y a veces consiguen humanizar y dignificar la vida de muchos. Hay muchas personas buenas, solidarias y fraternas. Hay historias pequeñas llenas de esfuerzos, alegrías, logros, proyectos, bondad, sentido. Hay muchas vidas que transparentan las bienaventuranzas.

Será bueno estar atentos para no dejarnos arrastrar y que terminemos percibiendo únicamente las tramas ocultas, el mal, los mecanismos de mentira, las estructuras de injusticia… y dejar de percibir el bien que nos rodea, empezando por las vivencias más humildes y cotidianas. Podría ser una buena invitación para este Adviento vivir con la gratitud más sincera por todo lo que en nuestra vida hay de bendición. Tristemente, a veces nos sucede que sólo cuando algo falla y nos duele, parece que nos despertamos y nos damos cuenta de lo positivo que había en nuestra vida. No necesitamos que nos golpee una tragedia para apreciar todo lo gozoso que tiene nuestra vida. No esperemos a apreciar el amor, la salud, algún bien… una vez perdidos. Escuchemos los gritos, los sollozos, el sufrimiento de nuestros hermanos, pero dediquemos tiempo y energías para escuchar y compartir también las risas, el juego, el buen humor, la amistad, la fiesta.

No es bueno vivir con el radar constantemente conectado a las averías, a las grietas, a los defectos de nuestro mundo, a las sombras de la Iglesia, a las inercias de las instituciones que no funcionan, a las incoherencias de todo tipo y de todos, a las corruptelas… Puede ser una trampa vivir así. Ese olfato para detectar ante todo –y a veces muy exagerado– lo que no funciona nos puede atrofiar la gratitud, la alegría, la fuerza y el entusiasmo para trabajar por el Reino de Dios. El estar siempre denunciando, exigiendo, acusando, renegando, quejándonos de todo, puede hacer que terminemos amargados. No olvidemos que nuestro norte no es la muerte, sino la Vida, en el corazón de nuestra fe y de nuestra humanidad no hay una agonía sino un milagro, no hay odio, sino amor, y no hay derrota o desesperación, sino la esperanza de algo nuevo que ya ha comenzado.

¿Por qué estamos tan volcados a captar lo negativo, a descubrir el mal? Tal vez porque en nuestra raíz somos buenos y tenemos entrañas de misericordia. Nuestra mirada se estremece ante las vidas rotas, las injusticias, la inmoralidad y la inhumanidad. Nos hiere, nos indigna, nos provoca, no somos ciegos. Pero la mirada que sólo denuncia o sólo ve el mal no basta, y nos puede volver tristes y derrotistas. De tanto ver lo que falta podemos perder la capacidad de ver el milagro, de captar el bien.

adviento-hacia-navidadNos viene bien el Adviento para buscar al “Dios que viene” en el bien que abunda. Nos ayuda mucho recuperar la capacidad de ver, sentir y disfrutar el bien y lo bueno que hay cerca y lejos de nosotros. Es cierto que todos hemos pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. Pero seguramente también hemos hecho mucho bien de pensamiento, palabra, obra y omisión. Hay mucho en nuestro mundo que agradecer, aplaudir, celebrar, disfrutar.

Es Adviento, siempre está siendo Adviento. Dios viene. Y no de vez en cuando. Está muy presente en el mundo que nos rodea. Hay tantas realidades que lo reflejan, y nos toca estar atentos para descubrir su presencia. En la tragedia y las ausencias, en las vidas atravesadas y en las lágrimas inocentes, en el horror y en la injusticia que nos estremece. Se nota su ausencia en la historia aberrante que construimos cuando nos soltamos de su mano. Pero una vez que percibimos las ausencias y los gritos, también hemos de escudriñar las presencias, dejar que la alegría nos invada, porque mirando a nuestro alrededor podemos percibir las huellas de ese Dios increíblemente hermoso y bueno que tenemos.

Que este Adviento lo puedas descubrir en ti, en tu vida, en tus gentes, en tu comunidad, en tus oportunidades. Ese Dios que te ha hecho crecer y vivir, encontrar sentido y alegrarte. Que lo puedas descubrir en torno a ti, en tantos espacios donde Él está y nos sigue haciendo sus guiños de ternura, donde la semilla del Reino sigue creciendo y obrando el milagro. Y sobre todo, que sea Adviento en tu corazón. Que tu vida esté enteramente abierta a Él.

Con mucho cariño,

Marcos, msps

Y ahora te dejo con unos textos que me parecen muy evocadores de la esperanza. A mí me la despiertan y alimentan. Espero que también a ti te gusten y te ayuden.

De PABLO NERUDA, poeta chileno exiliado por defender
la libertad y la democracia.

“Hace tres días volví a entrar en mi casa después de una larga ausencia.
Grandes grietas cubrían las paredes. Los cristales, hechos añicos, formaban un doloroso tapiz sobre el piso de las habitaciones.
Debemos limpiar, ordenar y comenzar de nuevo.
Mis últimos trabajo fueron una traducción y un largo poema de amor que quedó inconcluso.

Vamos, poema de amor. Levántate de entre los vidrios rotos, que ha llegado la hora de cantar. Ayúdame, poema de amor, a restablecer la integridad, a cantar sobre el dolor.

Es verdad que el mundo no se limpia de guerra, no se lava de sangre, no se corrige del odio. Es verdad. Pero es igualmente verdad que nos acercamos a una evidencia: los violentos se reflejan sobre el espejo del mundo y su rostro no es hermoso ni para ellos mismos. Y sigo creyendo en la posibilidad del amor. Tengo la certidumbre del entendimiento entre los seres humanos, logrado por los dolores, sobre la sangre y sobre los cristales quebrados.”

De MARTIN LUTHER KING, defensor de los derechos civiles
de la comunidad negra en EE. UU, asesinado en 1969.

Hoy, en la noche del mundo, y en la esperanza de la Buena Nueva,
afirmo con audacia mi fe en el futuro de la humanidad.
Me niego a creer que las circunstancias actuales hagan incapaces a las personas para hacer una tierra mejor.
Me niego a compartir la opinión de aquellos que pretenden que el ser humano es tan cautivo de la noche sin estrellas, del racismo y de la guerra, que la aurora radiante de la PAZ y de la fraternidad no podrá nunca llegar a ser una realidad.
Creo que la verdad y el amor sin condiciones, tendrán la última palabra. La vida, aún provisionalmente vencida, es siempre más fuerte que la muerte.
Creo firmemente que, incluso en medio de los obuses que estallan y de los cañones que retumban, permanece la esperanza de un radiante amanecer.
Creo igualmente que un día, toda la humanidad reconocerá en Dios la fuente de su amor.
Creo que la bondad salvadora y pacífica llegará ser un día, la ley de la humanidad. Que el lobo y el cordero podrán descansar juntos, que cada ser humano podrá sentarse debajo de su higuera, en su viña, y nadie tendrá ya que tener miedo.

Creo firmemente que lo conseguiremos.

De ETTY HILLESUM, desde el campo de prisioneros de Westerbork.

«Lo que quiero decir es que si la miseria es grande y, aun así, me ocurre a menudo por las noches, cuando el día se va apagando dentro de mí, hondamente, que camino con ágiles zancadas a lo largo de la alambrada y siento subir de mi corazón una fascinación –no lo puedo evitar; proviene de una fuerza elemental–. Esta vida es maravillosa, grande, tenemos que construir un mundo nuevo después de la guerra. Y a cada infamia, a cada crueldad, hay que oponerle una buena dosis de amor y buena fe que primero habremos de hallar dentro de nosotros mismos. Tenemos derecho a sufrir, pero no a sucumbir al sufrimiento. Y si sobrevivimos a esta época, ilesos de cuerpo y alma –de alma sobre todo–, sin resentimientos, sin amarguras, entonces ganaremos el derecho a tener voz cuando pase la guerra. Tal vez soy una mujer demasiado ambiciosa: me gustaría tener una palabra que enunciar».

De BENJAMÍN GONZÁLEZ BUELTA,
La utopía ya está en lo germinal.

Esperaré a que crezca el árbol
y me dé sombra.
Pero abonaré la espera
con mis hojas secas.

Esperaré a que brote
el manantial
y me dé agua.
Pero despejaré mi cauce
de memorias enlodadas.

Esperaré a que apunte
la aurora y me ilumine.
Pero sacudiré mi noche
de postraciones y sudarios.

Esperaré a que llegue
lo que no sé
y me sorprenda.
Pero vaciaré mi casa
de todo lo conquistado.

Y al abonar el árbol,
despejar el cauce,
sacudir la noche
y vaciar la casa,
la tierra y el lamento
se abrirán a la esperanza.

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