UN PAPA SE DESNUDA

La primera impresión tras leer la larga conversación-entrevista concedida por el Papa a 16 revistas jesuíticas de todo el mundo es el gozo de tropezarse con un hombre. Lo que parecería obvio se convierte aquí en noticia, pues todo periodista sabe por experiencia lo ominoso que es entrevistar a un eclesiástico, encorsetado por lo general por el miedo a la manipulación de los medios, y parapetado en el personaje y la doctrina que representa.

Pues bien, aquí Francisco se desnuda como ser humano, con su historia personal desde la infancia, sus sentimientos, hasta sus errores y frustraciones como superior. Que bebe al mismo tiempo en el testamento de su abuela Rosa como en la creación artística, en las páginas del breviario o en los momentos íntimos de su intensa vida contemplativa.

Un ser humano consciente de sus limitaciones, que se percibe naturalmente “indisciplinado” y que elige hacerse jesuita buscando precisamente disciplina, comunidad y misión.

Un hombre sencillo y culto a la vez, que se siente pecador y llamado; poroso al arte y la literatura, que igual cita a Dostoievski, Manzoni, Hölderlin o Cervantes como las cartas de Pablo, la gran música, los pasajes de la ópera que recuerda de memoria o el cine de Fellini.

Pero al mismo tiempo una persona frágil que se siente tocada por Dios hasta el extremo de alcanzar una gran claridad interior, lo que le permite hablar sin tapujos ni miedos y tener como una certeza, con una sabiduría más de “sabor” que de “saber”.

Subrayé desde el momento de su elección esa hábil mezcla de la sencillez de Francisco y el discernimiento de Loyola. Quizás por eso es “fan” del saboyano Pedro Fabro, un colega de Ignacio bastante olvidado, que se distinguía por “el diálogo con todos, aun con los más lejanos y con los adversarios; su piedad sencilla, cierta probable ingenuidad, su disponibilidad inmediata, su atento discernimiento interior, el ser un hombre de grandes y fuertes decisiones que hacía compatible con ser dulce, dulce…”. Un beato que quiere ahora canonizar, una vertiente mística de la Compañía que prefiere a la ascética y que le autorretrata.

Parece espontáneo y directo, pero sus palabras brotan medidas y filtradas por una recámara muy de jesuita y apasionado por el discernimiento. Ya conocemos sus pasos y decisiones sobre la reforma de la curia, la revisión de las nulidades matrimoniales, su actitud misericordiosa con los homosexuales, su preferencia por los pobres y por cambiar el actual orden internacional en el tema de la justicia y la guerra.

Poco nuevo hay pues en esta entrevista respecto a cuestiones concretas. Quizás la más importante es el matiz añadido al papel de la mujer que, sin entrar en el tema de su ordenación, parece querer darle roles de gobierno, pues llega a decir que “en los lugares donde se toman las decisiones importantes es necesario el genio femenino”

La fuerza de esta confesión radica en la actitud. Francisco quiere cambiar el rostro de la Iglesia, muy devaluado ante la opinión pública en los últimos tiempos; va decididamente a lo positivo; está en contra de estar vapuleando a la gente en los tres o cuatro temas sexuales de siempre y quiere sembrar esperanza, tomándose en serio el olvidado Vaticano II, “una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea”.

Por ejemplo, da importancia al trabajo en común, la colegialidad y a rescatar el concepto de Pueblo de Dios. En este sentido puede escocer mucho la afirmación de que “el conjunto de fieles es infalible cuando cree, y manifiesta esta infalibilidad suya al creer, mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo que camina”, por lo que insiste que el diálogo entre la gente los obispos y el Papa está asistido por el Espíritu Santo.

En el proyecto de Francisco está revisar el oficio de papa (petrino), así como preferir al pueblo que a los teólogos, porque “María amó a Jesús con corazón de pueblo”. Es precisamente en el pueblo que sufre día a día donde descubre la santidad.

Y está tanto en contra del cura rigorista como del laxo, porque la gente lo que necesita es misericordia. Concibe al religioso como un profeta, lo que supone a veces “hacer ruido”, pide al jesuita trabajar en la frontera y al sacerdote homilías que anuncien más que recriminen.

En una palabra, Francisco dice explícitamente que no se reconoce en la derecha que algunos le han situado. Acepta, eso sí, que ha cambiado, que siendo provincial fue autoritario, de lo que se arrepiente. Y alaba varias veces a Pedro Arrupe, el general que optó por justicia como inseparable de la fe, lo que constituye todo un signo.

Pero lo más emocionante de este autorretrato es que para él Dios no es certeza sino búsqueda, “está en la vida de toda persona, y aun cuando la vida de esa persona haya sido un desastre”. En una palabra, un papa que suena a hermano más que a papa.

 

 Pedro M. Lamet

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