Aprender a escuchar bien

Nos han sido dadas dos orejas,
pero en cambio sólo una boca,
para que podamos oír más y hablar menos”
Zenón de Elea

Zenón de Elea era un buen observador fenomenológico de lo que ocurría en la vida cotidiana de entonces: ya aquella gente parece que no paraba de hablar, en cambio oía/escuchaba muy poco.
Curiosamente su aforismo de entonces, hoy, 25 siglos después, sigue teniendo plena actualidad. Porque además la era de la comunicación nos ha potenciado una increíble mejora en la transmisión y almacenamiento de la información: el mundo de la informática, los walkman, el teléfono inalámbrico, la antena parabólica… y ahora ya la vía digital, para someternos a la tensión de escoger entre 125 películas distintas e interesantes…
¿Nos ha potenciado todo esto la mejora de las relaciones interpersonales, medidas por nuestra capacidad de estar presentes unos a otros, de escucharnos, de ayudarnos a autoexplorar mejor o de facilitarnos la palabras que indica un significado más preciso? Nos tememos que no, sino todo lo contrario: cada vez encontramos más personas solas en medio del alboroto, de los ruidos y de esta tecnología punta. Cada vez encontramos más personas que no saben a quién expresar sus sentimientos: los del día a día y aquellos otros más importantes de los momentos cruciales.

DOS FALSOS MITOS SOBRE EL ESCUCHAR
A pesar de su importancia, la mayoría de la gente tiene ideas no siempre exactas sobre lo que comporta escuchar a otros.

Veamos un par de esos “falsos mitos”:

a) Escuchar y oír son la misma cosa: Cuando hablamos de “oír”, estamos subrayando el proceso fisiológico que tiene lugar cuando las ondas recibidas causan una serie de vibraciones que son transmitidas al cerebro. El escuchar, en cambio, tiene lugar cuando el cerebro reconstruye estos impulsos electromagnéticos y forman una representación del sonido original a la que se le asigna un determinado significado. En ese sentido, el “oír” no puede ser parado porque el sentido del oído recoge las ondas del sonido y las transmiten al cerebro las quieras o no las quieras.
El escuchar, en cambio, no es algo tan automático y tenemos la experiencia de que muchas veces oímos pero no escuchamos. A veces incluso deliberadamente no queremos escuchar, por diversas razones: porque el tema es aburrido, porque no nos dice nada, porque el sonido es irritante, etc. Otras veces dejamos de escuchar cuando nos damos cuenta de que “eso ya lo he oído antes”, con lo que cerramos las puertas a una nueva información o simplemente a una nueva forma de presentar la información. La gente que confunde el oír con el escuchar, a menudo piensan que realmente están escuchando a otros cuando, de hecho, están simplemente oyendo sonidos. La verdadera escucha es un proceso activo que envuelve aspectos más complejos que el acto pasivo de oír, aunque sin el umbral mínimo de audición sería imposible la escucha.
Este acto fisiológico de la audición tiene lugar cuando se producen ondas de una frecuencia de entre 125 y 8.000 ciclos por segundo y de una fuerza de entre 55 y 85 decibelios. Entonces es cuando el sentido del oído puede captarlas y reaccionar. La audición está también afectada por lo que se ha llamado “fatiga auditiva”, que puede ser una pérdida temporal de la audición causada por una continua exposición al mismo tono o intensidad. Por ejemplo, la gente que permanece largo rato en una discoteca puede experimentar esta fatiga auditiva y sí la exposición es más permanente, la pérdida puede resultar igualmente permanente (Adler, Rosenfield, Interplay,1980, pág. 195).
Después que los sonidos se han convertido en impulsos electroquímícos y transmitidos al cerebro, una decisión -a menudo inconsciente- es hecha respecto a prestar atención al oído o no. Siendo verdad que el proceso de escuchar empieza primero como fisiológico, enseguida se convierte en proceso psicológico. En efecto, las necesidades, deseos, motivaciones, percepciones y experiencias pasadas de los individuos son los que determinarán la primacía de la atención y señalarán cuáles, de todos los estímulos recibidos, focalizan más la atención y en ese sentido son éstos los escuchados.
Finalmente, otros aspectos que tienen que ver con el proceso que va del oír al escuchar son: el elemento de la comprensión y el de la evocación o recuerdo. Barker dice que el componente de la comprensión de los sonidos recibidos está compuesto de muchos elementos: de una estructura gramatical que descifre el mensaje (descodificar); del conocimiento que tenemos sobre la fuente del mensaje (si la persona es merecedora de confianza, si es percibida como enemiga, etc.); del contexto social, que nos indica qué tipos de presupuestos culturales hacen interpretar los mensajes de una determinada manera (seria, humorística, histérica, etc … ).
Y, finalmente, la habilidad para evocar o recordar información también es entendida como una función de los diversos factores:
a) el número de veces que la información ha sido oída o repetida; la cantidad de información almacenada en el cerebro, etc.
b) El escuchar es un proceso natural: Muchos creen que el escuchar es como respirar, que se hace naturalmente sin que nadie te tenga que enseñar: una actividad natural que la gente la hace normalmente bien. Pero, paradójicamente, nos encontramos con muchos que saben respirar, pero que de hecho nunca han aprendido a respirar bien: los actuales cursillos de relajación, yoga, concentración, etc. dedican una buena parte del tiempo a enseñar a respirar bien. Lo mismo creemos que pasa con el escuchar donde son pocos los que han aprendido a escuchar bien.
Curiosamente, en los estudios primarios en la escuela, el aprendizaje se centrará sobre los contenidos básicos, que empezará por poder ser capaz de leer y escribir. Más adelante, en algunos pocos colegios, también se les enseñará a poder hablar en público (declamación, tonos vocales), hacer representaciones teatrales, etc. Pero no hay la menor consciencia de que haya que perder ni un sólo minuto en enseñar, ni a niños ni a adolescentes, -y por supuesto menos a adultos- a saber escuchar bien. Algo ciertamente curioso cuando resulta que el 60% de nuestra actividad comunicativa la empleamos en ser receptores, en escuchar. No hay conciencia social de que las personas no solamente pueden, sino que deben ser entrenadas en esta destreza. Y de que cada uno tiene que explorar cuáles son aquellos condicionamientos que le impiden ser un buen escucha (falta de atención, de motivación, de concentración, excesiva ansiedad, etc.)
La clave, pues, de una buena comunicación están en convertir eso que parece un proceso normal “todos respiramos y todos tenemos oídos para escuchar” en un presupuesto que se debeverificar en la práctica diaria y que se debe mejorar en un entrenamiento donde los malos hábitos pueden ser corregidos.

Carlos Alemany

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