LIBRES PARA AMAR, LIBRES PARA SERVIR

Dicen, y tienen razón, que cuando al amor le crecen alas, volamos al universo de la felicidad compartida: amar y ser amados. Y esto resume el mensaje del Evangelio, y ésta es la esencia de la vocación a la que hemos sido llamados. El secreto de la libertad interior, que nos da alas para volar –y para amar- nace del corazón y de la decisión de vivir sin malgastar la vida, negociando con los talentos recibidos.

Me cuesta entender la fe en Jesucristo y en su Iglesia, si no es en clave de servicio y entrega, ¡hasta dar la vida!, ¡hasta darnos a fondo perdido y sin condiciones!

Me preocupa que con frecuencia los cristianos, los amigos de Jesús, andemos más preocupados en estrategias, planes y cánones pastorales y de los otros, en mecanismos demasiado estructurados y jerarquizados, en “lo establecido” y en disciplinas demasiado institucionalizadas, que acaban poniendo freno al impulso del corazón, a la decisión de dar y de darnos, y lo que es peor, acaban pretendiendo controlar lo incontrolable, que es la loca creatividad del Espíritu que todo lo hace nuevo.

San Juan de la Cruz decía que “al final de la vida se nos examinará en el amor”, y en ese momento sublime todos seremos igualmente amados y considerados y nuestra mayor defensa y nuestro único mérito serán las obras y nuestro corazón lleno de nombres, el de aquellos a los que amamos y tratamos como hermanos. ¿Os suena aquello de “Quien dice que ama a Dios, a quien no ve y no ama a su hermano a quien no ve, es un mentiroso”?

El año de la fe es una oportunidad para recordarnos que es el Amor la única clave para entenderla y vivirla, y que la fe en Jesucristo, o nos hace servidores y nos libera para amar, o nos convertimos en traidores de la fe y de la vocación a la que se nos convoca.

Decía Tagore que “dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servició. Serví y vi que el servicio era alegría”.

La fe nos despierta a la vida. La vida nos invita al amor, y el servicio hace que el amor sea generoso, universal, sin límites… Y entonces, se produce el milagro de la felicidad plena; amar y ser amados, libres y liberadores.

 

Sor Lucía Caram O.P

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