Bodas de Ley: Mucha norma y poco vino

Dom 2, tiempo ord. Ciclo 3. Jn 2, 1-11.

La Boda de Caná de Galilea completa el tema de la epifanía de Jesús, con sus tres motivos: Adoración de los Magos, Bautismo de Jesús y Bodas de Caná: Jesús se manifiesta, se sabe ya quién es, puede comenzar su tarea.

Este evangelio es rico en motivos históricos, cristológicos, eclesiales y marianos, que deberían exponerse con más cuidado.

— Hay ciertamente un recuerdo de Jesús participando en bodas, hombre de vida, al servicio del amor y de la vida.
— Hay una teología sobre Jesús, iniciador de bodas, hombre de amor y de vino, promotor de una esperanza de paz (shalom), simbolizada en la Biblia con buenas bodas.
— Hay un matiz eclesial: Debemos pasar de las bodas de agua y purificación (mucha ley, muchas normas, piedra-piedra) a las bodas del vino de la vida para los novios y para todos…
— Hay un recuerdo de la Madre de Jesús, que es persona concreta y signo de Israel, una mujer festera, promesa de vino y de amor para hombres cargados de leyes y normas frustradas (los cántaros de piedra para las purificaciones).

Todo eso y mucho más está latente en este texto prodigioso, que comentaré de un modo más bien tradicional… Pero quiero destacar desde el principio que es un texto de crítica y esperanza:

a. Texto de crítica. Éste Jesús del evangelio de Juan se sitúa ante las bodas humanas (antes judías, hoy cristianas) y descubre que en ellas existe mucha ley (agua de purificaciones, normas bien aseguradas…), pero que falta el vino de la vida, que es la alegría de los novios que se irradia y expande a todos los invitados. Por eso critica las bodas antiguas (de Israel, quizá de gran parte de las bodas de nuestras Iglesias, cargadas de leyes y normas de piedra y agua, con poco vino de vida.

Gran parte de las “apariciones marianas” presentan a la Virgen hablando de pecado y penitencia, no de vino de bodas. La Virgen de esas apariciones puede ser piadosa, pero no es cristiana en el sentido de la Madre de Jesús de Jn 2, que aparece en Caná de Galilea como mujer judía que se hace iniciadora de evangelio, de vino y de bodas, de alegría esperanzada (es decir, cristiana).

b. Texto de esperanza. Jesús se manifiesta en Cana para dar vino y “marcha” de vida (esperanza, alegría) a las bodas de la historia humana, pasando de la pura ley (cántaros de agua de purificaciones) a la vida intensa, al vino abundante, sobrado, bueno, de la fiesta, con María su Madre (que es signo del paso, de camino que se debe hacer para ir del Antiguo al Nuevo Testamento).

Hemos manipulado a Jesús (hemos manipulado a su Madre), muchas veces, para seguir teniendo a la puerta de nuestras iglesias las seis cántaras de agua de las purificaciones (prohibiciones, normas…). Jesús, en cambio, ha venido y su madre le ha “presentado” para que sea fuente de vino, es decir, de amor, de bodas para el conjunto de la humanidad. Éste es el mensaje del evangelio de hoy.

Algunas cosas de estas que aquí digo las explico en el texto que sigue, tomado de mi libro La Madre de Jesús (Sígueme, Salamanca 1991). Si alguien quisiere puedo seguir con otros matices del tema. Me he atrevido a colocar dos imágenes, una con la Boda de Caná, otra con la Boda de Camacho. Jesús no vería mal la comparación. Buen fin de semana a todos.

Texto: Juan 2, 1-11

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: “No les queda vino.”
Jesús le contestó: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.”Su madre dijo a los sirvientes: “Haced lo que él diga.”
Había allí colocadas seis cántaras de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.Jesús les dijo: “Llenad las tinajas de agua.”
Y las llenaron hasta arriba.Entonces les mandó: “Sacad ahora y llevádselo al mayordomo.”Ellos se lo llevaron.
El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.”
Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.

1. María en la fiesta (Jn 2,1-12)
[camacho]
María aparecía en Lucas como profetisa de la libertad y la justicia) que anuncia con su canto (cf. Lc 1,46-55) el gran banquete final de nuestra historia. De esa forma ha reasumido un tema clave del mensaje radical de los profetas: «el Señor de los ejércitos prepara en este monte un festín de manjares suculentos» (Is 25,6). Este es el festín de boda y gozo que Dios mismo ha terminado ya de disponer para los hombres.

Por eso manda a sus criados, encargándoles que inviten a todos a la mesa: «mi cena está dispuesta; venid a celebrar el gozo de las bodas» (cf. Lc 14,15-24; Mt 22,1-10). Este es, en el fondo, el tema que reasume Jn 2,1-12, el gran pasaje de la fiesta y de las bodas.

Estamos en el centro del misterio humano, allí donde nos dice Gén 2,24 que los hombres se encuentran a sí mismos para unirse: abandonan a los padres y se unen entre sí para formar una sola carne. Bodas son celebración de amor, fiesta de la humanidad que goza en su mayoría de edad, como unión matrimonial y promesa de vida. Ciertamente, el texto, refiriéndose a un posible dato histórico concreto, alude a la esperanza escatológica del pueblo de Israel que quiere celebrar su plenitud, llegar al tiempo de sus bodas, al banquete ya definitivo de la vida. Este es el trasfondo de Jn 2,1-12.4

Lógicamente, la madre de Jesús estaba allí (2,1).

No se dice que haya venido o que la inviten. Ella pertenece al espacio de las bodas, al lugar del surgimiento mesiánico, al camino de la nueva esperanza de familia de los hombres. Está precisamente en su función de madre y de esa forma se la llama, silenciando su nombre propio de María. En este primer plano, ella refleja la experiencia israelita: es la madre creadora de familia, entregada plenamente a la fiesta de esponsales de los hombres.

Pues bien, el hilo de la narración, la historia de la boda, se corta para introducir una novedad que cambiará toda la línea del relato: «pero también fue invitado Jesús y sus discípulos a la boda» (2,2). Ellos no estaban allí desde el principio, vienen de fuera a interrumpir y transformar el curso de los acontecimientos. Precisamente su venida pone al descubierto la carencia de la fiesta: ¡no tienen vino! En un nivel externo, aquí puede tratarse de carencia material, pero es evidente que el relato apunta a otro nivel: no es que se haya acabado un vino que antes hubo, aunque fue escaso; es que no hubo ni hay vino de ninguna especie.

Israel no puede terminar la fiesta de sus bodas: tiene la promesa y el camino, pero no llega por sí mismo al cumplimiento, porque falta el vino; tiene anhelo de familia, pero no logra crearla, porque se clausura en el padre (tradiciones) de la tierra. La Iglesia actual se parece mucho a ese Israel aquí criticado, incapaz de abrir para los hombres y mujeres el tiempo de las bodas.

Pues bien, Jesús está ya aquí pero el ayuno sigue, porque los novios de este mundo no han podido conseguir el vino de la vida, como indica certeramente la madre (Jn 2,3). Solamente tienen el agua de las purificaciones judías, el agua de los ritos y las leyes, que limpia una vez, externamente, para que volvamos de nuevo a descubrir que nuestras manos siguen estando manchadas (cf. Heb 9,23-10,18). Precisamente en ese fondo de insuficiencia israelita y búsqueda de bodas que no pueden culminar, viene a situarse la palabra de María. Sin entrar en sus matices teológicos más hondos señalamos su manera de ponerse ante las bodas. 49

En primer lugar, María se muestra preocupada y atenta.

Por ser obvio, este nivel aparece pocas veces destacado. No sabemos si es que había otros que vieron y sintieron la carencia de vino, a la llegada de Jesús, pero sabemos que María lo ha advertido. Ella mira atenta a las necesidades de los hombres, gozosa ante unas bodas que prometen dicha. Pudiéramos decir que está al servicio de la fiesta del amor y de la vida: quiere que haya gozo, que haya vino y, mientras otros están quizá perdidos en quehaceres más pequeños, ella sabe mantener distancia y descubrir las necesidades de los hombres, lo mismo que lo ha hecho en el Magníficat (Lc 1, 46-55).

Tiene clarividencia especial y, en gesto de servicio abierto, descubre la carencia de la vida. Sabe que los hombres han sido creados para celebrar las fiestas del amor, para las bodas del vino escatológico, y por eso sufre al verlos deficientes, oprimidos, incompletos, sometidos al agua de los ritos y purificaciones del mundo. Por eso, quiere conducirles a la nueva familia del Reino.

‒ Para un estudio antropológico de los símbolos empleados en el tema, cf. A. Vázquez, Los símbolos familiares de la Trinidad según la psicología profunda, Salamanca 1980. Es fundamental para el planteamiento histórico teológico del tema A. Serra, Contributi dell’antica letteratura giudaica per l’esegesi di Giovanni 2,1-12 e 19,25-27, Roma 1977. Para una visión exegética, cf. R. Schnackenburg, Juan I, Barcelona 1980, 309-364; R. E. Brown, Juan I, Madrid 1979, 218-282; M. J. Lagrange, Jean, Paris 1949, 34-53.

Lógicamente, María lleva ante Jesús las preocupaciones y carencias de los hombres.

La madre sabe ver, pero no puede remediar. Ella se encuentra ante un misterio que la desborda, ante una carencia que no puede solucionar por sí misma. Lógicamente acude al hijo: «no tienen vino» (2,3). La indicación es delicada, respetuosa, y, sin embargo, el hijo debe rechazarla: «¿Qué tenemos en común yo y tú, mujer? Aún no ha llegado mi hora» (2,4). He querido respetar la dureza del pasaje (ti emoi kai soi gynai), porque nos sitúa en la línea de los textos antes estudiados (Mc 3,31-35; Lc 11,27-28). Humanamente hablando, en plano israelita, la madre carece de poder sobre Jesús. No puede marcar su camino, cerrándole en la vieja familia de la tierra.

Esto significa que la hora, el tiempo y gesto de Jesús, no viene marcado por María. Sin embargo, si miramos a más profundidad, descubriremos que la misma respuesta negativa refleja un tipo de asentimiento implícito: Jesús no rechaza la observación de su madre, no niega la carencia de vino. Simplemente indica que la hora se halla en manos de su Padre de los cielos (cf. Lc 2,48-49).

María le mostraba una carencia desde un punto de vista que es todavía humano. Jesús acepta esa carencia, pero sube de nivel: él no ha venido simplemente a rellenar un hueco de los hombres, a solucionarles un problema de la tierra. Sin este primer distanciamiento, sin esa ruptura creadora, ni Jesús hubiera sido verdadero salvador, ni su madre nos podría valer como modelo de fidelidad en el camino hacia el nivel de salvación definitiva donde surge la familia nueva de las bodas.

Esto nos conduce al tercer plano: la actitud de la madre respecto a los servidores de la boda.

Ella acepta la palabra de Jesús, su trascendencia. Sabe que no puede dominarle ni mandarle, trazándole un camino sobre el mundo. Pero puede dirigirse a los ministros de la fiesta, a todos los hombres de la tierra: «haced lo que él os diga» (2,5).

Así deja la respuesta en manos de Jesús, deja el tiempo de su «hora» y poniéndose en el plano de los servidores, María viene a presentarse como gran diaconisa, servidora primera de la fiesta: prepara así las cosas para el cambio de las bodas. Su gesto viene a interpretarse como un reconocimiento mesiánico: está cerca de aquello que, en visión de Jn, ha realizado Juan Bautista.

También el Bautista pertenece al tiempo de las bodas. No es el Señor, no es el esposo, pero anuncia su venida y prepara a sus discípulos, llevándoles precisamente hasta el lugar donde está el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo (Jn 1,29; cf. 1, 19-42). Por eso se alegra de que el Cristo aparezca mientras él desaparece (1,30): «el que tiene a la esposa es el esposo. En cambio, el amigo del esposo, que está allí para atenderle, se alegra muchísimo al escuchar la voz del esposo» (Jn 1,29).

Juan es el amigo del esposo, el que ha preparado el camino de sus bodas y se alegra de estar a su servicio. Por eso le cede (le traspasa) sus propios discípulos y desaparece cuando empiezan ya los esponsales. Pues bien, de una manera semejante, podemos afirmar que María es la madre de Jesús esposo. También ella prepara el camino, pero no puede mandar sobre Jesús ni obligarle a comportarse de una forma determinada. Por eso dispone a los servidores, diciéndoles que escuchen a Jesús para realizar de esa manera el gran cambio de las bodas.

María, madre, y Juan, amigo, nos sitúan respetuosamente ante el lugar en que Jesús ha de actuar. En eso consiste su servicio. Pero entre ellos encontramos una diferencia. Juan tiene que desaparecer: ha cumplido su misión y se retira; queda ante la puerta, como servidor-amigo que se sacrifica por su amigo. No llega a gozar de la fiesta de familia de las bodas (cf. Jn 3,27-30; Mt 11,11). La madre, en cambio, penetra en el tiempo de las bodas: permanece en Caná con Jesús, iniciando un camino de fidelidad y seguimiento que culminará sobre el Calvario (Jn 19,25-27).

María actúa esa forma como «diaconisa», es el Antiguo Testamento que se abre al Testamento y Fiesta de Jesús

Ella aparece así como iniciadora de la nueva familia de Jesús, el protagonista (esposo-esposa) de las nuevas bodas mesiánicas, del Reino. Ciertamente, en la visión tradicional de Lc 14,15-24, María no aparece como sierva del banquete; no es de aquellos mensajeros-profetas que caminan anunciando la gran fiesta por los pueblos y los campos, recibiendo así nombre de «siervos» (douloi). Pero ahora ella está presente, realizando una función superior: prepara a los servidores (los diakonoi) del banquete (cf. Jn 2,5), enseñándoles a escuchar y acoger a Jesucristo.

De esta forma reasumimos los motivos de Lc 1,46-55 (Magnificat). La madre de Jesús se presentaba allí cantando la nueva libertad y cambio de los hombres. Pues bien, ahora el momento del cambio y libertad ha comenzado en estas bodas de Caná. María no está aquí para cuidar de Jesús, para arroparle en medio de los riesgos de una fiesta donde suelen perderse los modales de la buena educación y sobriedad sobre la tierra. Está para ocuparse de los hombres, de aquellos hambrientos y oprimidos que quisieran llegar hasta las bodas de alegría-vida de la tierra pero no pueden hacerlo porque falta el vino de la fiesta.

La madre escondida de Mt 1-2, la profetisa de Lc 1.46-55, viene a presentarse ahora como promotora de la fiesta: está al servicio del vino de la vida.

La esclavitud del hambre y la opresión de Lc 1, 52-53 viene a expresarse ahora de un modo más profundo: es carencia de amor, es impotencia de unas bodas fracasadas, en ámbito de leyes, de purificaciones lustrales y liturgias opresoras. Pues bien, precisamente allí donde los hombres padecen su más honda frustración ( ¡están sin vino!) les prepara María para el Cristo.

Este es el lugar donde la libertad se expresa como plenitud afectiva. Libre es el que puede amar: el que penetra en el misterio de la vida como bodas, el que bebe el vino de la fiesta y de esa forma transfigura-alegra su existencia.

Precisamente al servicio de ese amor y de esa vida, de ese vino y de esa fiesta, se ha puesto María conforme al evangelio. Ella está con los diáconos, servidores del banquete, anunciando y preparando el gozo que se acerca. Está al servicio del festín de manjares suculentos y vinos generosos que el Dios de su hijo Jesucristo ha preparado sobre el monte de la tierra, conforme a la palabra ya citada de Is 25,6-
En esta perspectiva ha de entenderse un detalle textual bien significativo.

En el relato de la anunciación, María se introduce en el misterio de Dios y dice genoito: hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38); habla con Dios y se sitúa entre sus manos, siendo de esa forma transparente a su misterio.

Pues bien, en el relato de las bodas de Caná ella dice pioésate: haced lo que él os diga. De esa forma ha traducido su encuentro con Dios en gesto de servicio hacia los hombres. Ciertamente, ella no puede salvar, no cambia el agua de la tierra en vino nuevo del reino de los cielos; pero puede preparar las cosas para el Reino, disponiendo así a los comensales, llevándoles al plano donde el Cristo funda su nueva familia mesiánica, en las bodas de su Reino.

Cuando dice esta palabra, María sigue siendo israelita, como convidada de la fiesta de las bodas. Pero, en contra de lo que sucede en Lc 14,15-24, ella no se excusa: está presente, viene hasta el banquete. Más aún, en medio del banquete donde los judíos sólo tienen el agua de purificaciones rituales (cf. Jn 2,6) ella ha conducido a los hombres hacia el tiempo nuevo de Jesús, el Cristo. Ciertamente, es judía. Pero es una judía que supera su antigua perspectiva legalista y muere al mundo viejo para renacer de esa manera en Cristo, conviniéndose en cristiana. Ella es la primera cristiana de la historia, miembro de una familia en la que todos somos con Jesús esposo-esposa de las nuevas bodas de un amor que nunca acaba.

Xabier Pikaza Ibarrondo

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