Navidad, Fiestas de Transformación

LA IDEA DE QUE ES POSIBLE UNA VIDA NUEVA es propia de la fiesta de Navidad. De todos modos, su influjo se extiende más allá de la Navidad. En realidad, es una de las ideas centrales del mensaje del Nuevo Testamento. Jesús nos regaló el vino nuevo, que debe guardarse en odres nuevos. Se ofreció para inaugurar con nosotros una nueva alianza, que nos permite vivir de una forma nueva. Por su parte, Pablo habla del nuevo tipo de vida que deben llevar quienes han” abrazado la fe cristiana. El comienzo mismo del año, tal como se celebra en las festividades correspondientes, pone de relieve la idea de la novedad. Estas fiestas señalan pistas que invitan a quienes las celebran a avanzar hacia una nueva comprensión de la vida.

PARA QUE LA VIDA FLOREZCA. El comienzo del año está marcado por la celebración de las fiestas cristianas. El día 1 de enero celebra la Iglesia la solemnidad de María, Madre de Dios. Como madre, María es protectora de la vida. Al comienzo del año nos exhorta a que también nosotros cuidemos y protejamos la vida en nosotros mismos y en nuestro entorno, a que brindemos a la vida un ambiente maternal, en el que pueda florecer. Y como madre de Dios, María es para nosotros una imagen modélica, ya que, en último término, cada uno de nosotros es también madre de Dios, en el sentido de que cada uno lleva dentro de sí un niño divino, del que debemos responsabilizarnos. Cada uno de nosotros lleva en su interior un niño herido. No podemos continuar siendo niños para siempre ni seguir lamentándonos de haber tenido una infancia muy dura y de que nos sentimos abandonados. Como una madre amorosa, debemos tomar en nuestros brazos a este niño herido y abandonado. Y a través de él, terminaremos descubriendo al niño divino que habita en cada uno de nosotros, y que sabe exactamente qué es lo adecuado para nosotros. El niño divino nos pone en contacto con la imagen auténtica e incontaminada de Dios en nosotros. María nos recuerda que todos debemos mirar atentamente a este niño divino en nosotros y reflexionar sobre lo que él quiera decimos y sobre la dirección que nos invite a tomar.

ANHELO CUMPLIDO. El 6 de enero celebramos la segunda gran fiesta del tiempo de Navidad: la Epifanía, la fiesta de la manifestación del Señor. La gloria de Dios se reveló a todo el mundo en el Niño recostado en el pesebre. Mateo describe en su Evangelio cómo unos magos, sabios procedentes de Oriente, se pusieron en camino y llegaron hasta donde estaba el Niño, al que adoraron. Postrándose delante del Niño, reconocieron que en Jesús se unía la sabiduría de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur. Jesús no es solo el salvador, sino también el maestro de sabiduría. Él reúne en su persona todo el saber que los sabios de todos los tiempos han conocido. Y con su acto de adoración, los magos proclaman que este niño cumple el anhelo de todos los seres humanos. A saber: el anhelo de un Dios que está al alcance de la experiencia humana, que posee un rostro humano y que nos colma de amor.

LA ESTRELLA DEL DESEO. En la piedad popular, los Magos se han convertido en los Tres Reyes Magos. De ahí que la fiesta de la Epifanía se llame en la piedad popular Fiesta de Reyes. Los tres reyes representan los tres ámbitos o esferas que conviven en nosotros: cuerpo, alma y espíritu, o pensamiento, sentimiento y vitalidad. Estos tres ámbitos se transforman cuando se abren a la gloria de Dios, gloria que ha brillado en el Niño recostado en el pesebre. Los tres reyes han visto una estrella y han seguido el camino que ella les señalaba. También nosotros descubrimos a menudo en el horizonte de nuestro corazón una estrella. Por desgracia, no confiamos en ella. Es la estrella del deseo. Los tres reyes nos animan a emprender el camino del deseo y a avanzar por él sin detenemos, hasta que encontremos en el pesebre al Niño que calma nuestro deseo más profundo. Los reyes le ofrecen al Niño sus dones: oro, incienso y mirra. El oro representa nuestro amor; el incienso, nuestro deseo; y la mirra, nuestros sufrimientos. De todos modos, la mirra es también una planta medicinal del paraíso. Al ofrecerle a Dios nuestros sufrimientos, confiamos también en que él nos sane con la planta medicinal que ha crecido en el paraíso. El Niño en el pesebre es el salvador que nos ha nacido. Él curará nuestras heridas con su amor, que viene de Dios. En su hermosa meditación sobre la fiesta de Epifanía, Karl Rahner opina que para recorrer nuestro camino de peregrinos del deseo no necesitamos cargar con muchas cosas; con nosotros mismos nos basta. En efecto, el oro del amor, el incienso de nuestro deseo y la mirra de nuestros sufrimientos nos acompañan siempre. Lo único de debemos hacer es postramos y adorar al Niño. Al adorarlo, nos olvidamos de nosotros mismos. Y al olvidamos de nosotros mismos y dejamos seducir por Dios, que nos sale al encuentro, nos sentimos mejor y cambia nuestra manera de ser.

Ritual

Que la luz y el amor de la Navidad colmen tu corazón.

Te sugiero que practiques un rito que expresa perfectamente el misterio del tiempo de Navidad: el gesto de juntar las manos y mantenerlas así algún tiempo, una sobre otra, descansando sobre tu pecho.

Puedo sentir con ambas manos el calor que genera mi pecho. Siento, además, que en mi pecho toma cuerpo el anhelo. Y en este anhelo me siento a mí mismo y a Dios. En el anhelo de amor experimento el amor. Y en el anhelo de protección siento el hogar.

Durante el tiempo de Navidad, este gesto me remite al nacimiento de Jesús en mi corazón. Puedo imaginarme el calor que difunde la sonrisa del Niño en el establo de Belén, y la tenue luz que crea una atmósfera agradable en el establo. Si a continuación escucho el Oratorio de Navidad de J.S. Bach, mantengo mis manos sobre el pecho y me balanceo como si meciera a un niño en mis brazos mientras la orquesta toca las arias para contralto Bereite dich, Zion, mit zertlicben Trieben (< Vislumbro entonces qué sentimientos quiere transmitir Bach con esta música: que el nacimiento de Jesús se produce en nuestro corazón, razón por la cual nos sentimos llenos de ternura y amor. La Navidad transforma la percepción que tengo de mí mismo. A la luz de la Navidad, descubro que mi corazón rebosa de luz y amor. Esto me llena a su vez de paz interior. La paz navideña es la que también yo te deseo a ti, querido lector. Que gracias al gesto de las manos cruzadas sobre tu pecho, el misterio del nacimiento de Jesús transforme tu cuerpo y tu alma, tu manera de ser y la percepción que tienes de ti mismo, y colme tu corazón de luz y de amor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

Crea tu página web en WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: