Adviento, tiempo del corazón

Existe el tiempo y existe el reloj. Lo conocemos bastante bien. Marca, en nuestra vida, el crecimiento, los encuentros, los proyectos y decisiones, las ansiedades, las tensiones y las obsesiones… El tiempo del reloj mide sobre todo nuestra finitud, nuestro breve paso por esta tierra. El caer de la tarde, los cambios de estación, los primeros signos de la vejez, están ahí recordándonos que el tiempo es limitado. Esta finitud del tiempo nos debería despertar sentimientos de humildad. «Todos tienen un reloj, y nadie tiene tiempo», escribe el filósofo francés Michel Serres, que irónicamente añade: «cambiad las dos cosas: dejad vuestro reloj volved a tomar vuestro tiempo».

Pero hay un tiempo del alma. El tiempo del reloj pasa de modo regular, impasible, como el curso de los astros. El tiempo del alma, en cambio, tiene un ritmo discontinuo, lo sentimos lento o acelerado, denso o leve, dependiendo de la experiencia que estamos viviendo. Y bueno, estamos de nuevo en el tiempo de Adviento. Por supuesto, la cosa no es sólo cuestión de fechas; es cambio de ritmo en el corazón, es dejar que sea tiempo de Dios en el corazón, permitir que nos enseñe a desear con sus deseos.

Empezamos a entrar en sintonía con este tiempo bendito. A muchos les he compartido cuánto me significa. Se ha ido volviendo para mí un emblema, una parábola, una síntesis de lo que es la vida. Bienvenido Adviento, que nos da la oportunidad de advertir el deseo insatisfecho de una presencia de Dios que se nos escapa y nunca alcanzamos del todo. Es una bendición que podamos experimentar esa nostalgia de encontrarnos con Dios en la profundidad del corazón. Es una gracia sentir la añoranza de su presencia en nuestro mundo. Ojalá que este Adviento sea, para todos, un tiempo del corazón, tiempo de estar despiertos, lúcidos, vigilantes, vivos, dejando que el anhelo de Él nos lleve más allá de nuestros caminos trillados.

De nosotros depende que este tiempo sea Adviento. Adventus = venida, llegada. De hecho, Dios viene siempre. Pero no siempre estamos nosotros en su tiempo. Se trata de actitud, no de calendario, de dejar que el tiempo se dilate en nuestra alma, de acoger este tiempo como don para permitir que nuestra existencia se gobierne no por el latido del reloj sino por el latido del corazón de Dios.

¡Ven, Señor Jesús!

Qué espontáneo se nos hace decir Ven, Señor Jesús cuando nos vemos inmersos en esta historia tan necesitada de salvación. Con cuánta vehemencia nos brota esta plegaria cuando volvemos la mirada al propio corazón y nos encontramos con la miseria de nuestra condición humana, con nuestros lados sombríos, con nuestra debilidad… Tengo la convicción de que en nuestra profunda verdad somos más precarios y desvalidos de lo que parecemos y aparentamos. Cuánta necesidad tenemos de Él. Ven, Señor Jesús, porque sin ti nos vamos quedando marchitos, atrapados en un vacío entristecido.

Y si volvemos la vista a nuestro mundo, tan quebrantado, ¡qué natural nos viene decirle que venga, y que lo haga pronto! A veces no resulta fácil amar a un mundo tan desorientado, que arrincona la verdad y los valores, encandilado por luces fatuas, que sabe tanto de precios y tan poco de valores, que consigue fácilmente lo que quiere y que no logra saber lo que debería querer.

En estas horas sombrías, tal vez no nos toca tanto lanzar condenas al mundo cuanto llorar por él, como Jesús lo hizo por Jerusalén; no gritarle al mundo mi desprecio y su perdición, sino gritarle a Dios en favor de su pueblo. Gritarle a Jesús con todo el corazón: ¡ven, Señor Jesús!

Es fuerte la tentación de juzgar, pero nuestro mundo necesita más de nuestro llanto que de nuestra condena. La sangre y el llanto del mundo, ¿no los sufrirá Dios más que nosotros? La violencia que tanto nos hiere, ¿no lastimará más su Corazón? Hemos de sentirnos privilegiados de que Él nos llame a participar de su amor y su dolor por la humanidad. Su amor y su dolor por mí, pues “el mundo” no está allá y yo acá, del otro lado. El mundo soy yo, somos todos nosotros, esta “comunidad de heridos”, y muchos están aún más heridos: las víctimas, los migrantes, los amenazados, los delincuentes, las mujeres y los niños maltratados, los enfermos psicóticos, los niños hechos mercancía sexual… Le gritamos Ven, Señor Jesús y le pedimos que muestre toda su compasión en nuestra historia.

Recordamos en este tiempo la encarnación, lo cual es recordar que Él cargó con nuestro “cochinero”… Se metió en nuestros zapatos, vino a poner amor y compasión donde sólo había miseria. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia… Él es el que nos conoce de veras, por dentro, el que asumió nuestros límites, todo nuestro barro. Ven, Señor Jesús, haznos sentir tu amor compasivo y ayúdanos a ser canal de tu compasión, aquí, donde abunda tanto sufrimiento.

Una humanidad así necesita más compasión que condena. Los cristianos participamos de esas heridas, pero también de la misión sanante de Jesús. Podemos ser para la humanidad herida compañía, esperanza, consuelo, ternura, escucha, palabra. Necesitamos curar heridas, ser más compasivos que críticos, más misericordiosos que jueces. Para esto, Ven, Señor Jesús.

Ante este “mundo tan inmundo” la tentación es dejarnos llevar por el pesimismo y el desánimo. Los signos de muerte son evidentes. Pero podemos, movidos por la fe, hacer la experiencia de San Pablo en Asia, en un momento de turbación y peligro: Sentimos en nosotros una sentencia de muerte, pero eso fue sólo para que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos. El nos libró de ese peligro de muerte tan grande y nos seguirá protegiendo. En El hemos puesto nuestra esperanza… (2Co 1,9-10).

Lo que estamos viviendo, ¿no será más bien una ocasión propicia para la esperanza, un tiempo de gracia y un reto para confiar no tanto en nosotros mismos y en nuestros medios, sino confiar en ese Dios capaz de resucitar a los muertos y en quien hemos puesto nuestra esperanza?

No es fácil la esperanza

Es tiempo de esperanza. Pero la esperanza cristiana no es ni ha sido fácil, como no lo es la fe. Vivir como humanos tiene su fatiga. Estos tiempos que nos ha tocado vivir son complejos. Vivimos en un mundo que no es ciertamente el mejor de los mundos posibles, estamos en un mundo quebrantado, pero tampoco es en él todo tan lóbrego y deprimente que no nos deje lugar para la esperanza.

Ciertamente la vida no es fácil, como solemos oír y decir muchas veces. Así lo constataba S. Agustín de Hipona en la madurez de sus días, cuando escribía las Confesiones: «Complicada cosa es la vida de los mortales… ¿qué otra cosa es nacer sino ingresar en una vida de fatigas?»; constatación que coincidía con el diagnóstico conciso y acertado del libro de Job, cuando describe la vida del hombre sobre la tierra como «hombre nacido de mujer, corto de días, harto de inquietudes, como flor se abre y se marchita, huye como la sombra sin parar» (Job 14,4)… Cada vez somos más lucidos para reconocer que la vida no es fácil; vivimos en un mundo atribulado, quebrantado por el sufrimiento, las luchas, la frustración y el desencanto. Pero, a pesar de todo, como cristianos sabemos que siempre es posible la esperanza, que siempre hay un mañana mejor y que hay motivos para pronunciar la plegaria de alabanza y de Acción de Gracias; una esperanza, apoyada y garantizada en las promesas de Dios, que es fiel y que está entre nosotros.

«Por la fe, Abraham siguió esperando cuando ya no había ninguna esperanza…» Quien vive desde Dios es capaz de levantar la mirada hacia lo alto aunque muchas circunstancias parece que nos empujan a quedarnos en la tristeza y en la muerte de los anhelos. Sin embargo, con san Pablo nosotros sabemos que la esperanza es realmente esperanza cuando no tenemos motivos para esperar, cuando todo pareciera contrario a lo que soñamos y queremos, cuando la realidad parece contradecir todos nuestros anhelos. En este mundo tan complejo, tan desorientado y a veces tan trágico, hemos de seguir llenos de esperanza, afirmando que la justicia tiene que ser posible, que otra Iglesia y otro mundo son posibles.

Nuestra experiencia de Dios se tiene que reflejar en nuestra capacidad de recuperar y transparentar la esperanza en horas de tinieblas, en la capacidad de no perder la ilusión en medio de realidades desilusionantes. Desde el fondo de las incertidumbres del tiempo que nos ha tocado vivir, desde esta historia confusa, tenemos que seguir apostando por Jesús, y con Él, ser un canto de esperanza para tantos hombres y mujeres que van por la vida con el corazón lleno de tristeza.

Vayamos a su encuentro, avivemos el Deseo

Hoy, primer lunes de Adviento, me siento espoleado por la Palabra que se nos regala en la Eucaristía: ¡Casa de Jacob, en marcha! El Señor viene, pero también nosotros “vamos con alegría al encuentro del Señor” (Salmo 121). Es tiempo de caminar, de dejar que la esperanza nos ponga en movimiento y nos despierte los anhelos. Que nuestro deseo de Dios sea tal que su venida se apresure. Teilhard de Chardin decía: Lo que hará estallar la Parusía es una acumulación de deseos.

En una época de desencanto, la ausencia del deseo empequeñece el horizonte de la vida, achica el corazón y vuelve mediocre la existencia humana. Quien limita el deseo al sexo y al éxito reduce la motivación humana a lo inmediato y a la cantidad. Los sueños no están de moda, pero tampoco las ganas de cambiar la sociedad para hacer un hogar de mejor calidad para todos.

Sin deseos, sin esperanza, corremos el peligro de encontrarnos como muertos en vida. A veces, el dolor, la frustración o la repetición mecánica nos vacían de los deseos como manera de protegernos frente a la vida. Es preciso dejar que el mundo de los deseos forme parte de nuestra oración en este tiempo de Adviento. Hacer la experiencia de entrar en contacto con el propio mundo de los deseos porque son los deseos los que ponen en marcha nuestra búsqueda. Los deseos posibilitan, como a Abraham y Sara, abandonar la propia tierra y salir en busca de otra que sólo se concede como promesa (cf. Gén 12).

Adviento es un buen tiempo para reconocer el propio deseo, pero, sobre todo, para caer un poco más en la cuenta de que el deseo de Dios nos precede y nos desafía siempre a ensanchar nuevos espacios internos para acogerlo. Dios nos pro–voca y con-voca porque hace salir a Su encuentro mediante su seducción divina. Adviento es tiempo de decidirse a cruzar esta frontera y correr el riesgo de aproximarse a una Presencia que invade.

Tiempo de estar más despiertos y lúcidos acerca de lo que realmente buscamos. Hacerse consciente de las propias búsquedas, con sinceridad y con valentía, para que se revelen mis propios deseos más profundos. ¿Qué es lo que deseo de verdad? ¿Qué es lo que ando persiguiendo? ¿Cuáles son las metas de mi propio proyecto de vida?

Es bueno preguntarnos acerca de nuestros deseos. Ellos nos revelan algo muy importante, nos indican en dónde está nuestro tesoro, en qué traemos puesto el corazón. Recordemos que el Espíritu habla a través de los anhelos que suscita en nuestro corazón. Cuando logramos tocar nuestros deseos más hondos y auténticos, encontramos que los deseos de Dios y nuestros deseos personales no están, finalmente, tan alejados, porque es Dios mismo el que siembra en nosotros sus deseos. Eso sí, que sean tus deseos más profundos, aquellos que dicen quién eres tú en lo más profundo; es el sueño que te define en lo más bello y lo más genuino de ti.
Por ello es tan importante ir al fondo del corazón y contactar mis anhelos guardados más auténticos. Entonces voy cayendo en la cuenta de que en mi corazón, más allá y más adentro de tantos deseíllos que muchas veces me habitan, están los deseos de Dios. Con alegría voy descubriendo que vibro con los deseos de Jesús, con la causa del Reino que Jesús vino a anunciar y a inaugurar.
Me parece que el Adviento es un tiempo privilegiado para acoplarnos al ritmo de Dios, para aprender, como sugerentemente dice Carlos Cabarrús, a danzar al ritmo de Dios, acoplar nuestro paso al suyo, hacer coincidir nuestros anhelos y deseos a los suyos. Vivir el Adviento como un tiempo bendito para encontrar el gran sueño de Dios en los sueños de mi propio corazón.
Nos preocupan muchas cosas, pero una sola es necesaria. Adviento es la respuesta a la invitación que Dios nos hace, es vivir con mayor autenticidad lo que somos y lo que Dios quiere que seamos. Luchar contra la mediocridad y la superficialidad y vivir apasionadamente nuestra vocación.
Adviento es el tiempo que nos invita a refrescar nuestra esperanza, a sacudirnos el escepticismo, a no vivir de espaldas a las promesas de Dios, a curarnos la ceguera a los signos de su venida, a buscar y encontrar los signos de vida nueva en medio de un mundo viejo y caduco, cargado de motivos de muerte. De entre sus ruinas florece la esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva, y a ellos ha de apuntar la vida que debemos conducir: esperamos que el cielo venga a la tierra y la haga nueva por medio de la justicia, esperamos la visita de Dios, portador y fuente de toda alegría y de toda justicia.

Feliz y esperanzado tiempo de Adviento.

 

J. Marcos Alba, msps

 

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