Adviento: Cuando el cielo se abre sobre nosotros

A LO LARGO DEL ADVIENTO, LOS TEXTOS que escuchamos en la liturgia cristiana nos transmiten maravillosas promesas y enérgicas voces proféticas que se proponen abrir nuestro corazón. «¡Despeja los cielos, oh Salvador!» es uno de los más hermosos cánticos que expresa lo profunda que puede llegar a ser el anhelo del corazón humano: que Dios se digne despejar los cielos, tan a menudo encapotados sobre nuestras cabezas e impenetrables para nosotros, para que nuestra vida sea más luminosa y sana.

NINGUNA VANA PROMESA. Los textos del Adviento despiertan en nosotros el anhelo de que en el futuro nuestra vida no se circunscriba a los problemas, las intrigas y los conflictos a los que cotidianamente nos sentimos expuestos ahora. Desearíamos disfrutar de una vida que lleve la impronta de Dios. ¿Solo bellas promesas, que se repiten año tras año? ¿Por qué este mundo no se hace realmente más sano y luminoso con el correr de los años? ¿Se reduce todo a una vana promesa? De ninguna manera. Puesto que todos experimentamos a menudo que nuestro mundo es muy imperfecto, para no perder la esperanza necesitamos mirar hacia otro mundo diferente. Y ahora mismo, si el cielo se despeja sobre nosotros, el mundo se hace distinto. Nuestra oscuridad conoce la luz; nuestra angustia, la confianza. Las profecías que escuchamos en las lecturas litúrgicas del Adviento poseen una fuerza explosiva. Anécdota: tres palabras de una de las profecías de Isaías -«espadas (convertidas) en azadones»- estuvieron prohibidas en.la antigua República Democrática Alemana, porque los gobernantes las temían.
Ellas eran, en definitiva, más fuertes que los carros blindados del ejército. Si escuchamos las palabras de los profetas, tomamos conciencia de nuevas posibilidades de nuestra alma. Y, además, alcanzamos nuestro yo verdadero. Y el hecho de que descubramos nuestras posibilidades auténticas hace que también experimentemos de otra manera el mundo que nos rodea. No nos parece ya tan amenazador. En medio del mundo nos sentimos protegidos por Su proximidad. Si el cielo se despeja, también nuestro corazón se abre de par en par, para acoger al Único capaz de darle paz.

EN ACTITUD DE ESPERA. Un hombre deja su casa para emprender un viaje. Encarga a sus criados del cuidado de la casa. Cada uno deberá responsabilizarse de una tarea concreta. De todos modos, ordena al portero que se mantenga vigilante. Esta parábola la encontramos en el Evangelio de Marcos (13,34). Jesús nos indica cómo debe ser nuestra espera vigilante de Adviento. Jesús exige dos actitudes: por una parte, la disposición de cada uno de los criados a aceptar una determinada responsabilidad. A cada uno le encomienda una tarea distinta. Cada uno debe dejar grabado en este mundo el rastro personal de su paso por la vida. No estamos aquí simplemente para que nos vaya bien. Somos responsables de este mundo. La espera del Adviento no es una huida. Es más bien una oportunidad de sensibilizarnos y tomar buena nota de la responsabilidad que tiene cada uno del ámbito que Dios le ha asignado. Así, pues, estar vigilantes significa rastrear: ¿Qué me gustaría hacer con mi vida? ¿Cuál es el mensaje que me gustaría transmitir a las personas de mi entorno? ¿A qué me siento llamado/a personalmente?  No se trata de pensar en grandes cosas. Cada uno tiene asignada su tarea. Y, en cualquier caso, esta tarea es importante, para que la casa siga estando bien administrada y la buena convivencia en ella sea posible.

EN CADA INSTANTE. Al portero, Jesús le ordena que no baje la guardia, que se mantenga vigilante. Y Jesús compara nuestra vida con la existencia de un portero. A la vuelta de su viaje, el amo de la casa quiere encontrar al portero en su puesto. No sabemos cuándo vendrá el amo de la casa, como tampoco sabemos cuándo nos sorprenderá la muerte. En la muerte, el Señor llama a nuestra puerta, para que le abramos. De todos modos, el Señor no viene a nuestro encuentro por primera vez en la muerte. En cada instante podemos sentir que llama a las puertas de nuestro corazón, porque quiere entrar en él. A menudo se trata de impulsos silenciosos, fáciles de ignorar. Adviento es el tiempo que, en el silencio, me permite estar atento a la escucha de lo que Cristo quiera decirme. Tal vez se me acerque para decirme que vivo de espaldas a mi propia vida, que mi vida no es coherente. Tal vez quiera abrirme los ojos, para que yo pueda ver la realidad tal como es.

HACER DE PORTERO. En el siglo IV, en una carta dirigida a un monje amigo suyo, Evagrio Póntico le exhortaba a ser un buen portero. Para ello, a cada pensamiento que llamase a las puertas de su alma debía preguntarle si venía con intenciones amistosas o con ganas de disputarle al propietario los
derechos sobre la casa. Este podría ser hoy día un ejercicio saludable, sobre todo durante el Adviento. Querido lector: siéntate cómodamente, durante aproximadamente media hora, en tu habitación, sin meditar en nada concreto, sin rezar y sin reflexionar. Trata sencillamente de mantenerte en presencia de Dios, atento a las imágenes que emergen de los pensamientos que sucesivamente llamen a tu puerta. Pregunta a cada uno de los pensamientos y sentimientos que desfilen por tu mente: ¿Qué quieres decirme? ¿Qué deseo
íntimo se esconde en ti? El ejercicio de portero no es tan fácil como parece. Tal vez algunos digan: «¡No puedo hacerlo! ¡Podría estallar como un volcán!». Sin embargo, si alguien lleva dentro de sí esta angustia, se verá obligado a consumir mucha energía para tener bajo llave su volcán personal. Ahora bien, si como el portero vigilante nos atrevemos a plantear algunas preguntas a cada pensamiento, experimentaremos dentro de nosotros una profunda paz interior. Tal vez emerjan sentimientos como la ira, los celos, la envidia, la tristeza, el desengaño o la angustia, o la sensación de no poder controlar la propia vida. Todos estos sentimientos pueden aparecer. En ellos se esconde un anhelo insatisfecho. En los celos se esconde el deseo de ser amado; en la tristeza, la añoranza de una profunda paz interior;
en el desengaño, el anhelo de claridad y verdad; y en la angustia, el deseo de liberarme del juicio de los demás, o de dejar de lado todas aquellas representaciones de la vida que me resultan excesivamente exigentes. Si consigo identificar qué deseo profundo se esconde detrás de cada uno de mis sentimientos, estos pierden su carácter amenazador. Se convierten en amigos que me invitan a tomar posesión de todos los ámbitos de mi casa y a vivir a gusto sin salir de ella.

ABIERTO Y DILATADO. Te deseo, querido lector, un bendito tiempo de Adviento: que el cielo se abra sobre tu vida y que tu corazón se dilate para la llegada de Dios. Y te deseo que durante todos los días de tu vida te mantengas vigilante, como el portero de la parábola, para que escuches la llamada de Jesús a la puerta de tu corazón. Entre todos los pensamiento s que llamen a tu puerta distinguirás la voz de Alguien que quiere entrar para morar en ti y llenar tu casa de luz y amor, distinguirás a Jesucristo, que viene para salvarte y curarte.

Ritual

Una luz que ilumina tu vida cotidiana

Instala una corona de Adviento en tu vivienda y siéntate ante ella. Cada sábado de Adviento enciende una vela
nueva. A continuación, medita qué te sugieren la corona de Adviento y especialmente las velas. Imagínate que todo
lo que en ti es anguloso y quebradizo, Dios lo hace perfecto y redondo como esta corona.

La corona de Adviento nos trae a la memoria la corona del vencedor. Confía plenamente en que también tu vida
llegará a buen puerto, y en que terminarás triunfando sobre todo lo que te angustia y amenaza.

La corona de Adviento se erige para la comunidad. Ora por tu familia y por tus amigos, que Dios mantenga
sinceramente unidas a estas personas, y que todo lo que va en detrimento de la comunidad desaparezca en este
tiempo de Adviento, para que la vida comunitaria se acreciente cada día.

A continuación, cada uno de los sábados de Adviento por la noche medita en el significado que tiene para ti la nueva
vela que enciendes y añades a la corona.

La primera vela representa para ti la promesa de que alcanzarás la unidad contigo mismo y con Dios.

La segunda vela te anima a esperar que todas tus contradicciones internas se reconcilien a la luz de Dios.

Además, te muestra que las contraposiciones existentes en el seno de tu familia -varón y mujer, padres e hijos-
pueden transformarse con la colaboración de todos en una luz única que lo ilumina todo.

La tercera vela te invita a dejar que la luz de Dios se difunda por los tres ámbitos de tu persona: cuerpo,
corazón y vientre (de acuerdo con la división del enneagrama), o inteligencia, voluntad y memoria
(de acuerdo con la división de san Agustín).

Por último, la cuarta vela quiere decirte: la luz de Dios quiere iluminar tu vida cotidiana, lo telúrico y terrenal.
Dios aparecerá en la Tierra, para curar y santificar la Tierra. Dios mismo ha manifestado su deseo de fijar su
morada en tu vida cotidiana, en tu trabajo, en tu vivienda, y de iluminarlo todo con su luz.

 

 

 

 

Tomado del Libro: Vivir sencillamente, de Ansel Grün

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