Iglesia y democracia: A cincuenta años del Concilio Vaticano II

¿Ha sido alguna vez, es o debiera ser la Iglesia católica una institución democrática? ¿Qué formas de democracia podría llegar a asumir y cuáles no le corresponden? La mayoría de instituciones y sociedades modernas aspiran a ser democráticas. ¿Esto prueba que la democracia es siempre un valor, o podría haber circunstancias en que no lo sea? Estas preguntas son especialmente relevantes este año en que se celebra cincuenta del inicio del Concilio Ecuménico Vaticano II, uno de los que más se interesó en adaptar a la Iglesia a los “signos de los tiempos”.

La expresión “los signos de los tiempos” aparece en los evangelios (Mt. 16, 1-4; Mc. 8, 12; Mc 13, 1-23; Lc. 12, 54-56) dicha por el propio Jesús para referirse a la sutileza necesaria para reconocer el Reino de Dios. Sin embargo, Juan XXIII la usó con frecuencia para aludir a una manera nueva de interpretar las manifestaciones de Dios en las actividades humanas. De hecho, una de las preocupaciones principales de ese Papa, y tal vez del propio Vaticano II, fue cómo hacer que la Iglesia retome el liderazgo moral e intelectual que alguna vez tuvo y que fue perdiendo progresivamente. Algunos pontífices anteriores a Juan, como Pío X, consideraron al modernismo como el responsable de esta brecha, pero Juan fue mucho más humilde y atinado al darse cuenta de que la propia Iglesia tenía mucha responsabilidad en este alejamiento. Por eso, uno de los objetivos de Vaticano II fue colaborar en el necesario proceso de actualización y democratización de la Iglesia, lo que nos obliga a formularnos varias cuestiones previas.

¿En qué sentido creo que Vaticano II se propuso, implícitamente, democratizar a la Iglesia? Siguiendo cinco rasgos: (i) Exista másparticipaciónde los laicos, tanto en la organización como en el pensamiento de la Iglesia. (ii) Haya más transparencia y apertura en las decisiones. (iii) Se garantice la verdadera libertad de los seres humanos para seguir a Jesús sin imposiciones ni coacciones, sino por la fuerza natural de sus enseñanzas, respetando los valores esenciales de la persona. (iv) Se haga posible un diálogo permanente con la razón y la ciencia, es decir, con el mundo secular actual.

Otro de los puntos centrales de Vaticano II fue la importancia y el valor de las personas en sí mismas, de sus derechos y de su sufrimiento. El Concilio se interesó, sobre todo, en reconocer la responsabilidad que todos tenemos en el padecimiento humano, así como subrayó nuestra obligación para hacer que la vida en sociedad sea cada vez más digna y más equitativa. Esto conduce, naturalmente, a la opción preferencial por los pobres y excluidos, es decir, a un interés especial —pero no único— por los que más necesitan de Dios. Ellos son los que sufren por ser marginados e invisibilizados, por ser una minoría, por ser de otra raza, por no creer lo que la mayoría cree, por ser víctimas de sistemas injustos o, simplemente, por ser distintos.

Vaticano II significó un maravilloso cambio estructural en la Iglesia católica, acorde con la revolución que significó el siglo XX en relación con los siglos anteriores. Precisamente por ello, este Concilio generó reacciones negativas e incomprensiones. Es posible decir que incluso hoy, cincuenta años después, su mensaje no ha sido plenamente comprendido y, menos aún, ha llegado a hacerse carne en la propia Iglesia. Creo, sin embargo, que es un mensaje tan valioso que pronto terminará siendo parte de su identidad.

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