VIVIR ES AMAR PARA SIEMPRE

Hechos 10,25-26.34-35.44-48: El don del Espíritu se ha derramado también sobre los gentiles
Salmo responsorial: 97:  El Señor revela a las naciones su salvación.
1Juan 4,7-10: Dios es amor
Juan 15,9-17: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos

La imagen de la vid y los sarmientos es empleada por Juan para hacer referencia a la necesidad que tiene la comunidad cristiana de estar con Jesús, especialmente en los momentos de crisis y de persecución. Este texto es un llamado urgente a la comunidad del discípulo amado a mantenerse firme en el proyecto alternativo iniciado por Jesús, tal como los sarmientos se deben a la vid, con el fin de permanecer vivos y fecundos.

Dentro de este pasaje encontramos uno de los dichos más frecuentes en el evangelio de san Juan: “Yo Soy”; este dicho tiene una característica particular en el texto que leemos hoy; no sólo se refiere a Jesús (Yo soy la Vid), sino que se hace extensivo a los discípulos (Ustedes son los sarmientos), lo cual nos indica, por medio de la terminología “yo soy/ustedes son”, la relación viva entre Jesús y sus seguidores, entre Dios y su Pueblo, a ejemplo del Antiguo Testamento en donde vemos a Israel como la viña de Dios (Cfr. Is 5,1-7). Siguiendo este esquema propuesto por el AT, Jesús es la Vid y sus seguidores, el Nuevo Israel. La unión íntima de Jesús con el Padre lo convierte en una vid fecunda, viva y radiante, a diferencia de Israel, que muchas veces se separó de Dios, perdiendo su identidad como pueblo elegido. La comunidad de discípulos se convierte entonces en el Nuevo Israel, en los nuevos sarmientos de la vid llamados a ser fieles, para que no sean separados de Jesús y no se sequen y se consuman en el fuego.

Como podemos ver, la permanencia, la vitalidad y la fecundidad de los sarmientos/creyentes, dependen totalmente de la unión a la vid; dependen de la fidelidad a Jesús. Sin Jesús la comunidad de discípulos es estéril; separados de él no pueden hacer nada, no tienen razón de ser en el mundo; al separarse de la fuente de la vida sólo sirven para alimentar el fuego. Pero, si se mantienen unidos al Señor, darán fruto y serán premiados con la salvación venida del mismo Dios.

De los frutos de esa permanencia fiel a Jesús nos habla Juan en su primera carta, afirmando que el amor y el creer son las consecuencias del pertenecer a la vid verdadera. El creyente que dice amar debe expresarlo en sus obras con espíritu de verdad; debe amar con sinceridad, con transparencia, con buena voluntad, con un corazón humilde que transparente la bondad y la misericordia de Dios para con sus hijos. Los frutos de la vinculación íntima con Jesús se expresan en la disposición de cada uno de los creyentes a guardar y vivir los mandamientos y a hacer lo que es agradable a Dios.

Es urgente para la Iglesia de hoy, con sus luces y sus sombras, aferrarse mucho más al que es la Vid Verdadera, con el fin de dar los frutos propios de su vocación: creer fielmente en Jesús resucitado y amar apasionadamente a la humanidad. Estos dos rasgos de la Iglesia son fundamentales para que realmente sea ella testigo de la voluntad más entrañable de Dios, que consiste en acercar cada vez más a la humanidad, por medio del amor incondicional a los demás, a la salvación y a la liberación. La Iglesia libera y salva del egoísmo y de la muerte cuando hace creíble en el mundo el mandamiento del amor. Cuando la Iglesia tiene como prioridad el amor, evidenciado en sus obras, está demostrando que se ha mantenido fiel a su Maestro y que, por lo mismo, tiene sentido en el mundo; si no ama, si no es solidaria con la causa de los débiles quiere decir que se ha apartado de su Señor y, como consecuencia de ello, será tirada “afuera como el sarmiento, y se secará”.

——

La primera lectura de este domingo, el famoso episodio de la visita de Pedro a Cornelio, en el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles, refleja simbólicamene un momento importante del crecimiento del «movimiento de Jesús»: su transformación en una comunidad abierta, transformación que le llevará más allá del judaísmo en el que nació. Dejará de identificarse con una religión étnica, una religión casada con una etnia y su cultura, religión étnica que se tenía por la elegida, y que miraba a todas las demás por encima del hombro considerándolas «los gentiles», dejados de la mano de Dios. Es un tema muy importante, y relativamente nuevo, en todo caso, desatentido por la teología tradicional. Para una homilía puede merecer la pena, más que insistir en el tema eterno del amor…

El pasaje se presta además para toda una lección de teología. Es bueno recomendar a los oyentes que no se queden con la referencia entrecortada que habrán escuchado en la lectura (una selección de unos cuantos versículos salteados), sino que la lean en casa despacio (sin más: “el capítulo 10” de los Hechos, y que saquen sus conclusiones. También se puede recomendar a los grupos e estudio de la comunidad parroquial que lo tomen para su estudio.

Pedro ni sus compañeros de comunidad, todavía no se llamaban «cristianos»… eran simplemente judíos conmovidos por la experiencia de Jesús. Y observaban todas las leyes del judaísmo. Una de ellas era la de no mezclarse con «los gentiles». Y eran leyes sagradas, que eran normalmente observadas por todos, y cuyo incumplimiento implicaba incurrir en «impureza» y obligaba a molestas prácticas de purificación.

Pero Pedro da varios saltos hacia adelante. En primer lugar deja de considerar profano o impuro a ninguna persona, a pesar de que se lo mandaba la ley; es como el levantamiento de una condenación de impureza que pesaba sobre las “otras” religiones desde el punto de vista del judaísmo. Y en segundo lugar «cae en la cuenta» de que Dios no puede tener acepción de personas, ni de religiones, sino que no hace diferencia entre las personas según su etnia o su cultura-religión: acepta a quien practica la justicia, sea de la nación que sea. Es un salto tremendo el que dio Pedro.

Respecto al primer punto, de la valoración negativa de las demás religiones, en la historia subsiguiente se retrocedería: se llegaría a pensar que las otras religiones serían… no sólo inútiles, sino falsas, o incluso negativas, hasta diabólicas. Por poner sólo un ejemplo: el primer catecismo que se escribió en América Latina, nada menos que por el profético Pedro de Córdoba, superior de la comunidad dominica de Antonio Montesinos, declara en su primera página: «Sabed y tened por cierto que ninguno de los dioses que adoráis es Dios ni dador de vida; todos son diablos infernales».

Respecto al segundo punto, la «no acepción de personas por parte de Dios en lo que se refiere a razas, culturas y religiones», o lo que es lo mismo, la igualdad básica ante Dios de todos los seres humanos –incluyendo todas sus culturas y religiones-, hoy mismo continuamos en retroceso con relación a Pedro: la posición oficial de la Iglesia católica dice que las «otras» religiones «están en situación salvífica gravemente deficitaria» (Dominus Iesus 22).

Paradójicamente, la posición de Pedro en los Hechos de los Apóstoles resulta más afín a la mentalidad de hoy que nuestra teología oficial actual. Es por ello por lo que, en este domingo, confrontarse con la Palabra de Dios puede traducirse en una aplicación concreta a nuestras maneras de pensar respecto a las otras religiones. En el guión subsiguiente proporcionamos algunas cuestiones para un tratamiento pedagógico del tema.

El evangelio de hoy, de Juan, es el del mandamiento nuevo, el mandamiento del amor. Pocas palabras deben saturamos tanto en el lenguaje cotidiano como ésta: «amor». La escuchamos en la canción de moda, en la conductora superficial de un programa de televisión (tan superficial como su animadora), en el lenguaje político, en referencia al sexo, en la telenovela (más superficial aún que la animadora, si eso es posible)… Se usa en todos los ámbitos, y en cada uno de ellos significa algo diferente. ¡Pero, sin embargo, la palabra es la misma!

El amor en sentido cristiano no es sinónimo de un amor «rosado», sensual, placentero, dulzón y sensiblero del lenguaje cotidiano o posmoderno. El amor de Jesús no es el que busca su placer, su «sentir», o su felicidad sino el que busca la vida, la felicidad de aquellos a quienes amamos. Nada es más liberador que el amor; nada hace crecer tanto a los demás como el amor, nada es más fuerte que el amor. Y ese amor lo aprendemos del mismo Jesús que con su ejemplo nos enseña que «la medida del amor es amar sin medida».

Aquí el amor es fruto de una unión, de «permanecer» unidos a aquel que es el amor verdadero. Y ese amor supone la exigencia -«mandamiento»- que nace del mismo amor, y por tanto es libre, de amar hasta el extremo, de ser capaces de dar la vida para engendrar más vida. El amor así entendido es siempre el «amor mayor», como el que condujo a Jesús a aceptar la muerte a que lo condenaban los violentos. A ese amor somos invitados, a amar «como» él movidos por una estrecha relación con el Padre y con el Hijo. Ese amor no tendrá la liviandad de la brisa, sino que permanecerá, como permanece la rama unida a la planta para dar fruto. Cuando el amor permanece, y se hace presente mutuamente entre los discípulos, es signo evidente de la estrecha unión de los seguidores de Jesús con su Señor, como es signo, también, de la relación entre el Señor y su Padre. Esto genera una unión plena entre todos los que son parte de esta «familia», y que llena de gozo a todos sus miembros donde unos y otros se pertenecen mutuamente aunque siempre la iniciativa primera sea de Dios.

 

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