ESCRIBIR CONSTRUYE LA REALIDAD

Escribir tiene algo de terapéutico. Escribir responde a la necesidad, para algunos ineludible, de contar; de contar historias, de elegir bien las palabras que mejor sirvan para contarlas; de contar aquello que uno ve, siente, lee, imagina, vive. Escribir es contar lo que uno necesita contar: contarse a uno mismo o contar a los otros. Pero escribir puede servir, además, para tratar de organizarse la cabeza, para saber lo que le pasa a uno, para volcar algo que de otra forma le quemaría dentro, para salir de un agujero. Digámoslo ya: escribir puede servir para ahorrarse el diván.

Escribir un diario sirve así para establecer ese diálogo que permite saber lo que pasa, subrayar lo importante de lo que pasa y estar más  preparado para lo que pueda pasar.

Escribir no deja de ser una construcción de la realidad, pues el mero hecho de nombrar las cosas hace que uno las recree, se apodere de ellas a su manera. Escribir es un privilegio, un privilegio que no sería exclusivo, pues está al alcance de cualquiera, solo hace falta querer contar y contarse.

 

 

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