VOTOS PERPETUOS DE MA. DE LA LUZ ALCALÁ

HOMILÍA – 18 DICIEMBRE DE 2011- AQUILA, MICHOACÁN

¨Antes de formarte en el seno de tu  madre, ya te conocía; antes de que tú nacieras, yo te consagré, y te destiné a ser profeta de las naciones.” “En este momento pongo las palabras en tu boca. En este día te encargo los pueblos y las naciones: arrancarás y derribarás,  destruirás, edificarás y plantarás.” “Yo soy la servidora del Señor; cúmplase en mi lo que me has dicho”.

Luz, en los Ejercicios Espirituales de mes que hiciste a principios de este año, recorriste con alegría y agradecimiento tu historia, y la encontraste llena de la presencia del Dios de la vida; nuestro Padre-Madre que te creó y te sigue creando, te reconcilió y te sigue reconciliando, te llamó y te sigue llamando. Hoy, te pide que libremente confirmes la consagración que Él ya había hecho de ti desde antes de que tú nacieras, y te envía regalándote un carisma especial, el de las Misioneras Eucarísticas de María Inmaculada para servir a su pueblo, preferentemente a los niños y a los pobres, arrancando y derribando, edificando y plantando. Y tú, como María, quieres ser su servidora, deseas que se cumpla en ti su voluntad.

Para saber cuál es la voluntad de Dios, necesitas, necesitamos como María, mantenernos disponibles, con apertura, como terreno virgen, fértil, y así, encarnar su mensaje en nuestro corazón, en nuestra vida diaria, y con decisión podamos hacer lo que el que se encarnó nos pida.

La Encarnación del Hijo de Dios en nuestra humanidad, con la cooperación de la Virgen María, nos dicen la verdad de dónde y cómo se encarna y salva el Hijo. Nos dicen que se salva y se libera desde abajo, desde un país colonizado, una ranchería olvidada: Nazareth. En el seno de una mujer, una pobre muchacha, sencilla, trabajadora, humilde. Ella da  un sí incondicional al Rey Eternal: “Aquí está la servidora del Señor”. Se trata de un SÍ sencillo, pleno, bello, radical. Qué distinto a nuestros “sí” condicionados, como el de muchos consagrados y consagradas: si le entro, pero en el proyecto y con las hermanas que yo quiera; si me comprometo pero que el pueblo participe; si coordino la catequesis pero que las catequistas sean responsables; si voy a esa comunidad pero que las hermanas sean maduras y respetuosas; si le entro pero que no me corrijan; si trabajo pero que me agradezcan por el mucho bien que hago; si pero con tal hermana no porque creo que es muy conflictiva, no me llevo bien con ella; si, pero que las cosas se hagan como yo quiera; sí, pero que no se hagan cambios a lo que ya está establecido y nos da seguridad; sí, pero  mientras toda vaya bonito y no tenga dificultades; y tantos otros “sí” condicionados. El “sí” de María es decisivo, no pone condiciones, es un sí sin idealismos románticos; es un sí sin fatalismos neuróticos que reclaman sobre-apapachos, protección, aplausos. No se hace la víctima sacrificada. Acepta y asume su momento histórico, sin idealismos ni tampoco resignaciones, sin querer comodidades ni exigir seguridades, sino con la entrega esperanzada de dejarse llevar por Dios, confiada plenamente en que el cómo, cuándo y dónde lo irá descubriendo dejándose llevar por el Espíritu.

Luz, hoy quieres confirmar con Dios el sí que desde hace 13 años diste al ingresar a este Instituto Religioso, Instituto que seguramente durante tu formación te ha brindado los elementos necesarios para que tu sí cada día sea más libre, radical y para toda la vida: sí a darte totalmente y hasta las últimas consecuencias al Dios que habita en nuestras vidas y en las vidas de quienes más sufren; sí a ofrecer tus manos para levantar a  quienes han caído y curar sus heridas, sí a llevar palabras de consuelo a quienes sufren, anunciando Buenas Noticias y denunciando todo tipo de injusticia, sí a que tus pies vayan caminando junto al pueblo en sus alegrías y tristezas, triunfos y fracasos, e ir construyendo caminos andables que nos lleven a experimentar el abrazo amoroso de Dios (Padre-Hijo-Espíritu), sí a percibir como propio ese hoy de amenazas y cruces que persiguen a los pobres, especialmente a las mujeres y niños; sí a la total y alegre disposición de velar el sueño, perder el sueño y participar en la realización del sueño de los pobres, sin estar atada a ninguna persona en particular, sino a todos y todas, sí a portar las marcas de Jesús en la vida, que te llevan a dar a conocer a Dios, a hacer visible su Amor y a tener mirada entrañablemente misericordiosa frente a realidades deshumanizantes, si a ensuciarte los zapatos por andar los caminos de los pobres, sí a amar con justicia y a caminar humildemente con Dios.

Hoy, este sí lo confirmarán  los votos con los que ahora te quieres comprometer con Dios, con la iglesia, con tu congregación y con el pueblo, especialmente con los niños y los pobres, para toda la vida,  serán la alianza con que sellas el sí incondicional de ser la servidora del Señor.

Con el voto de pobreza te comprometes con todos los hombres y mujeres despreciados por la sociedad consumista, los que tienen una carencia real: los que han estado privados de salud, alimento, libertad, riquezas y privilegios: son los niños y niñas en situación de calle, indígenas, obreros y obreras, migrantes, presos y muchos más. Estás invitada a tener una real cercanía afectiva y efectiva con los empobrecidos, a reír y llorar con ellos; salir a su encuentro y buscar espacios que te permitan vivir a su lado. El voto de pobreza, nos lleva a compartir los bienes y a trabajar por la justicia, anunciar que la función de los bienes materiales es la de ser lugar de encuentro con Dios y con los hermanos y hermanas; y denunciar, al mismo tiempo, el uso de los bienes como prestigio y poder en la sociedad para humillar a los que no los tienen.

El voto de castidad ante todo es ternura compasiva, vivencia gozosa del impulso vital, del encuentro con el mundo y de la relación con los semejantes.  No es una forma de elevarse sobre los demás, en pureza y dignidad, sino de solidarizarse con el último estrato afectivo de la humanidad; es libertad para el amor más  hondo y radical. La castidad implica una fuerte renuncia, Los diversos pasajes en los que Jesús habla de “dejar padre-madre, hermanos-hermanas, casa-hijos” (cf. Mc 10, 28-29) de­finen de manera radical su proyecto, como experiencia de comunidad abier­ta, que rompe los pequeños esquemas de una familia patriarcal, de una casa privilegiada… Esa renuncia a una familia exclusiva se expresa en un amor que nosotros queremos hacer más grande, abierto al conjunto de los her­manos y hermanas de comunidad. Nuestro voto de castidad se trata de vivir un amor total, que implica la capacidad de dialogar en cercanía, sin juicio ni condena, en comprensión y amor, con los más necesitados.

Al abrazar el voto de obediencia es porque quieres ante todo, ponerte a la escucha de Dios para discernir cuál es su proyecto de vida sobre tí. Escuchar, obedecer quiere decir también acoger al mundo y a sus habitantes, que son tus, mis, nuestros hermanos y hermanas. Escucharlos para poder acogerlos en sus luchas y sus angustias, y comprometerse con ellos según lo que se ha podido descubrir de uno mismo poniéndose a la escucha de Dios y de los otros. Obedecer implica tener el corazón dispuesto, el oído atento al mundo, estar a su escucha para identificar los puntos de convergencia entre lo que llevo como aspiraciones y lo que el mundo espera de ti, lo que tus hermanos y  hermanas en comunidad aguardan de tí. El voto de obediencia, en contacto con los hermanos y hermanas y la gente, llega a ser también un lugar de verdad, de crecimiento y de liberación frente a tus límites y tus pobrezas, una disponibilidad a lo que se te pida como servicio y misión; se trata de tener abierto el corazón para todos y todas, y tendido hacia delante.

Luz, esperamos que estos votos que vas a pronunciar hagan de ti una mujer más feliz y más comprometida; y esto lo vas a ir logrando en la medida que aceptes escuchar como María escuchó al Señor y pudo decir: “Aquí está la servidora del Señor, hágase en mi su voluntad”. Hermanas, hermanos, dejemos de ponerle condiciones a Nuestro Padre-Madre Dios, que nuestros “Si” de cada día sea como el de María de Nazareth.  Así sea.

P. Samuel Lozano de los Santos, S.J

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