El compromiso de la Vida Religiosa y los/as excluidos/as del mundo


El compromiso de la Vida Religiosa y los/as excluidos/as del mundo

Dra. María Van Doren, icm

Cuando me pidieron escribir un artículo sobre ‘Vida Religiosa y los excluidos’, me llegó automáticamente la siguiente palabra en mi mente: “paganos”, un término lleno de discriminaciones y sumamente racista, que usamos tan fácilmente en el mundo cristiano y también afuera, porque ‘los paganos’ son siempre los/as otros/as que no piensan ni son como yo. En el mundo judío eran los romanos, griegos, etc. y para estos pueblos los judíos eran los paganos… Todo eso para mostrar como también nosotras/os, seguidores de Jesús y proclamadores de su mensaje, tenemos nuestros círculos y sistemas de excluir a mucha gente. Es siempre un juego de poder, de afirmarse y en general lo logramos más si el otro o la otra, están abajo de nosotros/as. Los judíos pensaron, y siguen pensando, que son el ‘pueblo elegido por Dios’, el único, lo que permite actuar con discriminación con los demás, ya que se justifica ‘por Dios’…

Los sistemas y las estructuras piramidales, tan típico en la sociedad, y en las instituciones eclesiales también promueven por excelencia estas discriminaciones y racismos. Cada religión es dialéctica y entonces trae en su esencia: muerte y vida, heroísmo y cobardía, anima hasta el último y paraliza igualmente… Además, las religiones monoteístas, tienen la tendencia de absolutizar e idealizar, poniendo su Dios como la única expresión y manifestación (revelación) correcta, y sus seguidores se identifican fácilmente con lo perfecto y con lo santo. Estas características crean fácilmente una actitud de excluir a los y las que no son de su círculo, que no pertenecen a él (y dentro del grupo mismo, hay también diferentes divisiones, con todas las discriminaciones y exclusiones que llevan estas estructuras piramidales).

Un mundo de excluidos/as

Nuestro planeta está lleno de gente excluida: los países ricos discriminan a los que menos tienen y más grave todavía abusan de su debilidad para enriquecerse a sí mismos continuamente. Los que saben, y los astutos, usan su conocimiento para dominar a los pocos capacitados, etc. Pero, son los sin-poder, sin-riqueza económica, los más excluidos en este mundo poderoso.

Aquí en México, primeramente son los indígenas (¡los paganos porque no son como nosotros/as!) los excluidos, aunque en el fondo es su país, porque los y las demás son descendientes de los invasores por la historia de la Conquista… ahora estos últimos son la mayoría, con ellos se ha hecho este país. Poco ha cambiado la situación de los aborígenes, aunque algunos negarían esta opinión. Debes vivir un tiempo entre ellos, para saber qué poco espacio tienen en la sociedad mexicana, y cómo son discriminados.

Un día, uno de los líderes de un pueblito de la Sierra, llegó conmigo a la capital y pasamos por la avenida Reforma. El hombre se paró, y con lágrimas en sus ojos, me dijo: “Hermana, ¿estamos en México? ¿Aquí es? ¿Por qué nosotros en la Sierra no tenemos nada? No puedo creer a mis ojos cuando veo esta grandeza y este lujo…” No supe que decir, y… dejo el comentario a cada uno/a de ustedes que leen este artículo.

Las mujeres también son un grupo social muy discriminado en el país (en todo el mundo), y doblemente si están dentro de los pobres. Tal vez han logrado ser reconocidas un poco en la sociedad civil, pero la discriminación contra ellas sigue por los sistemas androcéntricos, los mecanismos lingüísticos (tan sutil pero tan fuertes y nefastos), y por las estructuras patriarcales y machistas, no solamente desde el aspecto masculino que teme perder su poder y control, pero igualmente por la mentalidad y el pensamiento de las mismas que siguen dando preferencia a la presencia de los varones, en parte porque no creen de verdad en la capacidad de sus compañeras, y también muchas veces por envidias e inseguridades. Esta situación, con tristeza lo decimos, se vive por excelencia dentro de la institución eclesial.

Pero debemos hablar de otros sectores sociales, bandos que actualmente nos confrontan, que no tienen una posición igual o que están directamente eliminados, olvidados, discriminados, hostigados…. Desde nuestra convocación como cristianos/as y la misión de la Iglesia, lugar para tratar por excelencia el proyecto de Jesús (una sociedad diferente, de igualdad y justicia, de misericordia y paz), por el mandato y la llamada del Evangelio, las mujeres y los hombres, dedicados en especial a la realización del proyecto de Jesús como religiosos y religiosas, debemos tener preocupación por estos grupos de la periferia. Son gran parte de nuestro mundo que no han logrado, por varias razones, tener un sitio en la estratificación de las sociedades. Son hijas e hijos de Dios, igual como nosotras/os.

Pensemos aquí en los inmigrantes, en los refugiados políticos, los negros y los güeros/as, pensemos en las personas que tienen SIDA, en las lesbianas y en los homosexuales hostigados y discriminados dentro de la institución eclesial por un mal entendimiento de las escrituras, de la naturaleza humana misma, y de la creación de Dios: si creemos que somos hechos por Dios, que es nuestro/a creador/a (dentro del concepto de la evolución, bien entendido… que espero todas y todos con inteligencia y suficiente conocimiento de ciencias hoy, entendemos correctamente), las “tendencias sexuales” son también don de Dios, igualmente que la inteligencia, el cuerpo, la afectividad,  las aptitudes… y no solamente nuestro ‘espíritu’. Son los abusos contra nosotras/os mismas/os, contra él/la otro/a, contra la comunidad… que son pecado, desviación, maldad, sea desde la heterosexualidad o desde la homosexualidad.

Pensemos muy en especial en los niños y las niñas de la calle… que andan por todos lados aquí en la capital (y probablemente también en otras ciudades), vendiendo cualquier cosa que no es ni para ellos/as mismos/as, sino para otra persona que les ha mandado/a y sigue controlándolas/os. Y todavía  deberíamos preocuparnos por las y los que viven en el sistema del drenaje debajo de la tierra aquí en la capital. ¿Qué derechos tienen esta gente? ¿Qué atención y cuidado reciben de parte de la Iglesia de México, de las y los consagradas/os en el servicio religioso, que se llaman, muchas veces con tanto orgullo, y prepotencia en frente de los/as demás, las/os preferidas/os de Dios? ¿Qué proyectos, de verdad, tenemos para ellos? Son excluidos/as, y se quedan así en este mundo privilegiado dentro del instituto social y eclesial.

Jesús y los excluidos

Para tener una guía, un modelo de actuar… no debemos buscar lejos, solamente hay que tomar el Evangelio mismo en nuestras manos, y reflexionar sobre ‘Jesús’, ejemplo por excelencia del ser humano, y sobre el ‘Cristo’, el ungido, que vino a salvar a todas y todos. Su obra de salvación no era tanto quitar los pecados y ajustar la deuda que la humanidad tiene supuestamente con Dios, sino holísticamente hacer a las mujeres y a los hombres más completos, más integrales, ‘seres humanos’ óptimos, como Dios quiere que sus criaturas sean, ‘a su imagen y semejanza, hombre y mujer’. El sueño de Dios se quedó desde el origen de la creación: tener un mundo más justo, de igualdad, que viva en paz y fraternidad/sororidad… y este es el proyecto de Jesús, por el cual Él vino a la Tierra y por el cual dio su vida, y al cual nos invita, a todas y todos. Este es el tan famoso ‘Reino’, y con este proyecto estamos comprometidos/as todos/as los/as cristianos/as, y los y las religiosas por su compromiso libre.

Jesús nació no tan pobre como nos gusta presentarlo, pero en una familia sencilla, viviendo en un ambiente austero, no entre los intelectuales, optando por una vida como ‘rabino itinerante’… lo que le facilitó elegir al pueblo sencillo…

Jesús se mezcló con la gente pobre, no excluyó a los pecadores, ni les condenó, ni creó leyes y normas para discriminarlos como hemos hecho tanto en la institución eclesial, hasta tarifar los pecados… Jesús no hizo diferencia entre sectores sociales cuando invitó a la multitud a sentarse en la llanura, promoviendo comida para todas y todos…

Jesús tomó a la mujer en serio… dejando que lo tocaran sin correr con urgencia a limpiarse, porque era impura y ni tenía que hablar con ella en público… ¡Tomó agua en Samaria, de una mujer!, no condenó a la pecadora cuando los importantes y poderosos de la comunidad judía la querían juzgar, dejó ungirse por ellas, una vez por una penitente, otra vez por una de sus amigas poco antes de irse a su muerte.

Las  incluyó  entre sus discípulos, dándoles el mismo reconocimiento y lugar como a sus hombres seguidores… y se les apareció primero después de su resurrección, mandándolas como convocadoras a los hombres que se escondieron por miedo. Jesús reconoció los derechos de los niños, metiéndolos en medio del grupo, pequeños que no tenían derechos en la sociedad judía, quitando así la arbitrariedad de los papás (¡los padres!), que tenían legalmente el derecho en su sociedad de hacer con ellas/os lo que les pareciera para su beneficio: matarlas/os o no, venderlas/os o no…

A todas y todos, las y los marginados de la periferia, Jesús les dio el mismo respeto, la misma consideración.

Por nuestro bautismo somos llamadas y llamados, todas y todos, a integrarnos en la comunidad cristiana… Por nuestra vocación religiosa, hombres y mujeres, optamos libremente de seguir de más cerca a Jesús.

Las mujeres involucradas en el mundo de excluidas y excluidos

Las religiosas estamos involucradas en este mundo de excluidas, como víctimas de esta discriminación, pero también porque promovemos la exclusión de tantas personas que no nos agradan: extranjeros/as, pobres, de diferentes opiniones, sucios/as, segregados/as por el sistema de mi religión/iglesia/comunidad…

Primeramente reflexionamos cómo nosotras mujeres somos víctimas por excelencia de y en esta estructura de ‘paganismos’, de ‘exclusiones’, mucho más que el hombre. Estamos tan conformes con lo que pasa, evitando protestar y reaccionar porque queremos ser ‘buena gente’, porque ‘tenemos que aceptar el lugar que nos toca’ (un argumento por excelencia desde la institución eclesial y sus representantes), ‘siempre ha sido así y no debemos exagerar’… Y así, seguimos confortando y apoyando el sistema y las estructuras que nos oprimen, que nos ponen en un segundo nivel dentro de mi Iglesia. Por eso no apoyamos a las que luchan por nuestra igualdad, por eso no las queremos escuchar, por eso las eliminamos, porque tenemos miedo de cambiar nuestras estructuras de seguridad. ¡Excluidas! Lo elegimos, lo ayudamos, lo perpetuamos.

Así vemos que al mismo tiempo de ser excluidas, separamos igualmente al otro, y en especial a la otra… ¿creemos de verdad en nuestras compañeras, dudamos si son capaces de tomar el liderazgo, de enseñarnos, de ayudarnos?… ¿Las elegimos y defendemos por ser mujeres o las discriminamos? Y cuando tenemos el poder ¿abusamos contra las y los que están abajo de nuestra autoridad?…

¿Cómo nos acercamos a los excluidas y excluidos en nuestro ambiente, cuando son lesbianas y homosexuales, porque no cumplen lo que decimos u ordenamos, porque son divorciados y no van a misa?… ¿Cuántos/as excluidos y excluidas tenemos en nuestra lista… cuántos/as creamos continuamente?…

El tema no tiene límite. He reflexionado mucho estos días, y espero que mis compañeras y compañeros religiosas y religiosos lo hagan con toda sinceridad: quienes son las/os (más) excluidos/as en nuestro mundo concreto, y qué hacemos. Cómo dejamos excluirnos nosotros/as mismos/as en la vida de cada día, en mi Iglesia, en mi liturgia, en las conferencias y enseñanzas… y qué hacemos.

Toma el Evangelio, y reflexiona sobre Jesús, el modelo absoluto y por excelencia del ‘ser humano’, porque Dios, madre/padre, nos hizo ‘seres humanos/as’, la primera y más importante obligación en este mundo; y por este Jesús somos ‘cristianos/as’ con una convicción mayor de tratar de realizar su proyecto de una sociedad más justa e igualitaria, con más paz y amor…; y saber que con nuestra opción libre de ser religiosas y religiosos, no somos automáticamente mejores, aunque sí de mayor compromiso y en construcción. ¡Aquí está el reto!

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