SECRETAS PALABRAS DE VIDA "SEGULLAH"

Con las cosas del dinero no se juega y con la propiedad privada menos, y si no que se lo pregunten a cualquier político que haya osado aventurarse por esas arenas movedizas. Además de saber eso de sobra, también reconocemos sin esfuerzo lo aferrados que estamos a aquello que consideramos propio, tanto si es heredado como adquirido, conquistado o recibido en una rifa. En cuando lo sentimos amenazado, nos nacen unos tentáculos poderosísimos para retenerlo con avidez e impedir que nos lo arrebaten; pero, como somos gente peculiar, con frecuencia lo que retenemos con más codicia y determinación no es lo objetivamente más valioso, sino aquello en lo que hemos implicado el corazón. y ha adquirido para nosotros una “plusvalía” afectiva: así somos y ya estamos acostumbrados a ello.
Lo que en cambio puede sorprendernos y hasta escandalizarnos es la posibilidad de que ese rasgo que nos parece puramente humano lo tengamos en común con Dios y que coincidimos con Él más de lo que creemos cuando defendemos afanosamente lo propio ¿No será una prueba evidente de que estamos hechos a su imagen y semejanza?
Esta conclusión se desprende por sí sola al ver la cantidad de veces que aparecen en la Biblia declaraciones de propiedad p uestas en boca de Dios. En el AT “lo poseído” es el pueblo de Israel, “pueblo de su propiedad” (Dt 7,6), “su prop io pueblo, el pueblo santo del Señor” (Dt 26,18), “ serán mi propiedad” ( Mal 3,19), “el Señor se escogió a Jacob, a Israe l en propiedad” (Sal 135,4), “no temas, tú eres mío…”(Is 43,1).
Cuand o se quiere insistir en ese apego afectivo a algo, más allá de su valor, se emplea el término segullah que graba lo pos e ído con el sello de una pertenencia peculiar: “entre todos los pueblos seréis mi segullah porque toda la tierra es mía” (Ex 19, 5). Si toda la tierra es suya ¿qué otra cosa puede significar que Israel sea su segullah sino que sobre ese pu eblo, insignificante entre los grandes imperios del Antiguo Oriente, descansa una elección misteriosa e incomprensible?
Los profetas lo vivieron personalmente e intentan narrarlo con un lenguaje extraordinariamente vigoroso: “el Señor me arrebató de detrás del rebaño…”; “su mano me agarró…” reconocen Amós o Isaías (Am 7,14; Is 8,11) y resulta significativo que el término “botín” sea uno de los derivados de ese verbo que traducimos como “agarrar, arrebatar, hacer presa”. Quizá es eso lo que quería reflejar el autor del fresco de la basílica de Cora en Constantinopla al presentar al Resucitado en su descenso a los infiernos: para sacar de sus tumbas a Adán y a Eva, los agarra casi violentamente por las muñecas. Si alguien te agarra por ellas, es inútil tratar de soltarte y puedes darte por atrapado.
En el NT Jesús habla del Padre como de un poseedor codicioso y ávido a la hora de guardar lo que le pertenece (una oveja, una moneda…): da la impresión de que no soporta la más mínima pérdida ni disminución en sus haberes y por eso, si pierde algo, lo busca hasta que lo encuentra y deja su alegría a merced de ese hallazgo (Lc 15). Jesús hace suyas las costumbres y reacciones de los pastores con sus ovejas: “nadie puede arrebatármelas… nadie puede arrebatarlas de manos de mi Padre (Jn 10, 29-30). En su despedida final, al resumir cuál ha sido su comportamiento con sus discípulos dice al Padre, como quien da cuenta de una tarea cumplida: “Los he guardado en tu nombre; los he custodiado y no he perdido a ninguno…” y como ha llegado su hora, abandona esa responsabilidad en manos Otro: “Guárdalos en tu nombre…”(Jn 17, 11-12)
¿No tendríamos que hacernos más conscientes de esa pertenencia que nos quitaría tantos temores? Podemos “firmarla” cada vez que hacemos la señal de la cruz y recordar: “Estoy puesto a nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Dolores Aleixandre, rscj

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