QUEREB

“Hoy día, si no estás en Facebook o en Twenti no eres nadie”.

Escuchamos la sentencia con sobresalto: ¿y si nos hemos quedado excluidos de las redes sociales que garantizan contactos sin fin e infalibles proximidades? ¿Y si es verdad que fuera de ellas no hay salvación y sólo nos aguarda “llanto y rechinar de dientes”? Porque desde tiempo inmemorial veníamos manejando en la conversación referencias espaciales: “tengo un gran peso dentro”, “esta persona me resulta muy cercana”, “estaba fuera de sí…” Pero ahora las cosas han cambiado y parece que internet es condición indispensable para acceder a la proximidad, aunque se esté dando la realidad paradójica de un mundo en el que nunca habíamos estado tan conectados y tan solos al mismo tiempo.   Cuando nos da el arrebato de la sinceridad, reconocemos que el acceso a la propia interioridad se nos hace cada vez más difícil y que, centrifugados hacia fuera, flotamos en una cultura líquida y no nos resulta fácil contactar con ese que sabemos es el “dulce Huésped” de nuestra alma, y que no deja que se apague del todo en nosotros esa nostalgia que evoca el antiguo canto “Cerca de ti, Señor, quiero morar…” La Biblia hebrea conoce bien el tema de lo cercano, lo contiguo y lo vecino y posee un término,

qéreb, que evoca el centro de un ser vivo, lo que hay dentro de él: vísceras, entrañas, interioridad e intimidad. Hace referencia al contacto, a la proximidad y a la inmediatez en el espacio o en el tiempo. En el qéreb se aloja el corazón y los salmistas lo expresan así: “ardía mi corazón en mi qéreb…”,”se retorcía en él…” “llevo en mi qéreb un corazón traspasado” (109, 22; 39,4).

Por eso un orante suplica: “crea en mí un corazón nuevo y un espíritu firme en mi qéreb” (Sal 51,12). Es el espacio en el que se aloja la vida (“el alma”): el hijo de la viuda que sustentaba a Elías había muerto y el profeta reclama a Dios en su oración que haga retornar la vida al qéreb del niño (1Re 17,21). En ese centro profundo del ser se  experimenta la angustia (Sal 94,19) o los anhelos más profundos: “Mi espíritu en mi qéreb suspira por ti…” (Is 26,9). Expresa el “estar dentro de algo, en su centro”: el Señor está en el qéreb de su pueblo (Dt,11,4; Sal 36,2), en el qéreb de su corazón (Sal 36,2), bendice ahí a sus hijos (Sal 147, 13) y hace una promesa asombrosa: “Llegarán días en que pondré en su qéreb mi espíritu” (Ez 36, 26), “escribiré mi ley en su corazón” (Jer 31,33). Para presentar en una especie de performance la aventura relacional de Israel con su Dios, el profeta Sofonías propone visualizar la ciudad de Jerusalén como un espacio que se disputan Dios mismo y unos ocupantes indeseables que son “príncipes rugientes como leones, jueces como lobos hambrientos, profetas que fanfarronean, sacerdotes que violan la ley”. ¿Quién logrará apoderarse del qéreb de “la hija de Sión”? El desenlace de esta tensión dramática es que el Señor triunfa dejando en ese centro un pueblo pobre y humilde y expulsará a sus enemigos: “No temas, Sión, el Señor tu Dios es en tu qéreb un soldado victorioso…” (Sof 3, 3-4; 12-17). Otro profeta lo proclama con gozo exultante: “¡Qué grande es en tu qéreb el Santo de Israel…!”  Cuando Dios se muestra “cercano” (Sal 85,10; 145,18), realiza la acción de “acercar a sí” a su pueblo y esa experiencia merece una proclamación de bienaventuranza: “¡Dichoso el que tú eliges y acercas!” (Sal 65,5). Y es que la verdadera identidad de Israel y también su orgullo consiste en ser “su pueblo cercano”, “el pueblo de sus íntimos” (Sal 148,14) y afirmar que “Dios está en su qéreb y no puede sucumbir” (Sal 46,5). “Soy Dios y no hombre, santo en medio de ti” (Os 11,9): ese Dios santo está siempre más allá de cualquier pretensión de control o dominio y por eso reivindica su soberana libertad: “¿Soy yo Dios sólo de cerca y no Dios de lejos?” (Jer 23,23). Esa distancia pone en marcha en los orantes el deseo y la búsqueda: “Acércate a mí, rescátame, líbrame de mis enemigos…” (Sal 69,19), aunque esa proximidad no será nunca “barata”, ni compatible con la injusticia: “Les gusta tener cerca a Dios”, ironizaba Isaías denunciando un culto que les tranquilizaba dejando a salvo su avaricia (Is 58,2). Podemos preguntarnos con la imagen de Sofonías si nuestro qéreb está amenazado por “okupas” indeseables y cuánto espacio les dejamos. Y aprovechar este tiempo de Pascua para abrirnos a la vecindad con el Resucitado que se nos hace cercano en nuestro camino cuando menos lo esperamos. O saludarle con palabras de Rainer Maria Rilke: Oh tú, Dios Vecino, si en la larga noche te molesto alguna vez con recios golpes, es porque apenas te siento respirar, y porque sé que estás tú solo en la sala y si algo necesitas nadie está ahí para acercarte el vaso que a tientas buscas. Yo escucho. Hazme una breve señal. Yo estoy muy cerca de ti.

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