BODAS DE ORO DEL CONCILIO VAT. II

Introducción:

La celebración de unas “BODAS DE ORO” en todos los lugares y en todos los ambientes de nuestra sociedad siempre significa un momento de fiesta, de celebración, de regocijo…
La Iglesia se encuentra a las puertas de la celebración de los 50 años del Concilio Vaticano II y hay deseos y propuestas para celebrar, recordar y actualizar ese gran acontecimiento de luz y de gracia que experimentó la Iglesia universal.
En realidad, el Vaticano II fue un verdadero Pentecostés para toda la Iglesia, generando ilusiones yesperanzas, realizaciones y avances, aunque también encontró desconciertos, resistencias y miedos.
Los temas que analizamos en el presente artículo son los siguientes:
1.- Los motivos para celebrar
2.- Los dos grandes temas del Concilio
3.- Los laicos y laicas en la Iglesia y en el mundo
4.- A modo de conclusión

I.- LOS MOTIVOS PARA CELEBRAR
El Concilio Vat.II inspiró y animó una nueva primavera en la Iglesia, rompió con el pasado, trazó un modelo alternativo de Iglesia en el mundo y trató de superar el clericalismo, el legalismo y el eclesiocentrismo muy presentes en una “Iglesia de cristiandad”.
El Concilio desencadenó un proceso y un movimiento religioso y pastoral con evidentes consecuencias sociales, políticas y culturales para toda la sociedad, tal es así que este importantísimo evento conciliar fue mucho más allá de la intención explícita de sus inspiradores y participantes.
Nos encontramos hoy día ante un proceso histórico iniciado por el Concilio que nos empuja y alienta a confrontar sus ideas y sus grandes iluminaciones con la realidad actual de nuestra Iglesia y de nuestro mundo.
A pesar de muchos recelos, el Concilio registra grandes consensos, directrices iluminadoras y actitudes fundamentales que marcan una singularidad única en la historia de la Iglesia…
La teología vuelve a ser, como en sus orígenes, lectura creyente del acontecer, tanto de hombre, como de la sociedad.

Los elementos centrales de la secularidad no desaparecen ni se empequeñecen frente a la verdad revelada sino que adquieren entidad y autonomía. Se superan las dicotomías entre los secular y lo religioso, entre lo natural y lo sobrenatural y entre la gracia y la salvación.
El Concilio nos situó ante un nuevo paradigma eclesial y teológico y nos presenta una nueva manera de ser y de actuar en el mundo y frente al mundo; percibe a la Iglesia como Pueblo de Dios; nos impulsa a valorar la Palabra de Dios como alma de la teología y a hacer de ella una lectura orante de todo el pueblo cristiano.
El Concilio nos pide pasar de una Iglesia preocupada por definirse a si misma y afirmar su ser y su esencia, a una Iglesia capaz de mirar al mundo y preguntarse sobre las respuestas a sus grandes desafíos; una Iglesia capaz de valorar la actividad humana y respetar su autonomía, apreciando sus logros; una Iglesia capaz de ponerle nombre a las nuevas realidades del mundo actual y comprender que sobre ellas es donde deberá realizar su labor evangelizadora. (Consuelo Vélez. art. “A 50 años del Vaticano II”)
Los cambios fundamentales del Concilio los podríamos resumir así:
– De una “Iglesia de cristiandad,” centrada en el poder y en la jerarquía, se pasa a una Iglesia de comunión y participación.
– De una Iglesia preocupada de sí misma, se abre a una Iglesia orientada hacia el Reino.
– De una Iglesia centralista pasamos a una Iglesia corresponsable y sinodal.
– De una Iglesia triunfalista, a una Iglesia peregrina, santa y pecadora.
– De una Iglesia identificada con la jerarquía, a una Iglesia “Pueblo de Dios”
– De una Iglesia “arca de salvación”, a una Iglesia “sacramento de salvación para todo el mundo”.
– De una Iglesia comprometida con el poder, a una Iglesia solidaria con los pobres y marginados. (Víctor Codina. Art .“Del Vaticano II a Jerusalen II”)
En forma más concreta y personal podríamos decir que el Concilio nos invita a un cambio profundo en nuestra propia concepción de la Iglesia y que, por lo tanto, deberíamos pasar:
– de una Iglesia muy clerical, a una Iglesia más laical,
– de una Iglesia verticalista, a una Iglesia más democrática,
– de una Iglesia patriarcal, a una Iglesia más popular,
– de una Iglesia autoritaria, a una Iglesia más dialógica,
– de una Iglesia a la defensiva, a una Iglesia más propositiva,
– de una Iglesia sacramentalista, a una Iglesia más evangelizadora,
– de una Iglesia recelosa del mundo y de la post-modernidad, una Iglesia transformadora de esa misma realidad.

II.- LAS DOS GRANDES OPCIONES DEL CONCILIO

Al conmemorar los 50 años de su realización nos encontramos en momentos de incertidumbre, de desorientación, de desengaños y hasta de miedos… Sin embargo, es un momento propicio para confrontar todas esas luminosas ideas del Concilio con la situación actual de una Iglesia temerosa y de un mundo cada vez más descristianizado.
Es importante percibir que nos encontramos en una situación que en muchos aspectos se parece a la que tuvo que enfrentarse el Concilio.
El Concilio se guió en su reflexión por dos grandes temas: 1) El retorno a las fuentes, buscando una Iglesia fiel a ellas y 2) Dar repuesta válida a los nuevos desafíos de la sociedad (“ los signos de los tiempos”.)
Sería muy oportuno y conveniente el plantearse y afrontar en el momento presente de nuestra Iglesia estos dos grandes desafíos.
Sin embargo, vemos que actualmente, en el área pastoral, se repiten las prácticas clericales tradicionales por falta total de iniciativa y de creatividad. Ir a las fuentes es ir, sobre todo, al Evangelio, a las enseñanzas y a las prácticas del Jesús histórico. Un marcado centralismo hace que todo ese gran proyecto renovador que nos propone el Concilio quede en muchos aspectos olvidado.
Fuera de los cambios que se introdujeron en la liturgia, sobre todo superando el latín y aceptando las lenguas vernáculas, no podríamos afirmar que haya habido cambios profundos en los compromisos pastorales. Más bien, como reconocen con objetividad y valentía nuestros Obispos en el Documento de Aparecida:
“Reconocemos que muchas veces nos hemos separado del Evangelio, que requiere un estilo de vida más fiel a la verdad y a la caridad, más sencillo, más austero y solidario, como también nos ha faltado valentía, persistencia y docilidad a la gracia para proseguir la renovación iniciada por el Concilio Vaticano II (D.A n. 100)
Nos dice también este Documento de los Obispos Latinoamericanos: “que el anuncio del Evangelio debe ser una buena noticia, un encuentro personal con Cristo. Este primer contacto personal con Cristo, anunciado en forma clara, sintética y llena de esperanza, es lo que se denomina “anuncio kerigmático”.
“En nuestra Iglesia debemos ofrecer a todos nuestros fieles un encuentro personal con Jesucristo, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio kerigmático y el testimonio personal de los evangelizadores, que lleve a una conversión y a un cambo de vida integral” (D.A. n. 226)
En cuanto a la actualización de los “signos de los tiempos”, daría la impresión de que nos encontramos desconcertados frente a los nuevos y difíciles problemas que nos plantea el mundo actual.
La globalización, la crisis climática, las masivas migraciones, la desocupación generalizada, la ingeniería genética, la extrema pobreza, el hambre en el mundo, la falta de equidad económica, unido todo ello a la triple amenaza mundial: la crisis energética, la económica-financiera y la alimenticia…
Si miramos las necesidades estructurales y coyunturales de nuestro mundo vemos que son tan extremas y desafiantes como lo eran en las vísperas del Concilio. Los grandes interrogantes, las dudas y angustias que el mundo vive hoy no son menores de las que se vivían en aquella época pre-conciliar. De la misma manera deberíamos llegar hoy a responder a los desafíos de nuestra sociedad y nutridos en las fuentes vivas de la Palabra de Dios.
Podríamos enumerar rápidamente los nuevos desafíos que nos presenta actualmente nuestra sociedad frente a la labor evangelizadora:
1) La globalización
Lo ha invadido todo y se han vuelto mucho más frecuentes y densas las relaciones internacionales y la interdependencia económica, cultural y política entre los países y entre las personas.
Ese conjunto de cambios globales afecta también profundamente a las instituciones religiosas, así como a los valores de las culturas tradicionales, fortaleciendo el individualismo, el economicismo, el consumismo, el pragmatismo… y tantas otras características que configuran los contenidos de la post-modernidad.
2) La crisis de valores
En realidad, vivimos ante un cambio rápido y radical en la escala de valores… Unos valores han subido y siguen subiendo en forma rápida y desconcertante: son los valores técnicos, los científicos, los económicos, los vitales, los estéticos…
Pero, como contraparte, van descendiendo en forma dramática los valores morales y los valores religiosos que son los que orientan nuestros comportamientos con Dios, con la naturaleza, con el prójimo y con nosotros mismos.
3) Pluralismo religioso
El pluralismo religioso tiene que llevar a todos los credos religiosos a enfrentar juntos los graves problemas que afectan actualmente a la humanidad.
Es de absoluta necesidad que tenga que darse un diálogo interreligioso. Debemos aceptar la experiencia del mundo como único lugar para formar una gran familia de toda la humanidad. Contribuir a la paz mundial, a la convivencia entre los pueblos y naciones, al desarrollo de la interculturalidad, a la defensa de la naturaleza, a enfrentar la pobreza y la falta de equidad, a superar la marginación y la exclusión en nuestro mundo…etc.

III.- LOS LAICOS/AS EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
En el Concilio Vat.II, así como en otros importantes documentos pastorales de la Iglesia, se reconoce y se insiste en que la labor evangelizadora de los fieles laicos, no solo es positiva, sino legítima y necesaria, sobre todo en el momento actual.
Los fieles laicos y laicas no son llamados a evangelizar por suplencia, ni tampoco por la falta de sacerdotes, sino por su propia identidad cristiana basada en los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.
El Concilio concibe a la Iglesia en medio del mundo, no desde su institucionalidad religiosa, sino desde el Mensaje y servicio al mundo. Resalta, por lo tanto, la importancia y el papel de los laicos/as en la misión de toda la Iglesia, poniendo el acento en la igualdad fundamental de los creyentes como “Pueblo de Dios”.
El Concilio fue muy explícito al insistir en que en la Iglesia no hay (no debe haber) ninguna desigualdad y lo expresa en forma muy clara en estos términos:

“Por lo tanto, el Pueblo de Dios por Él elegido es uno: un solo Señor, una fe, un bautismo. Es común la dignidad de los miembros; común la gracia de filiación; común la llamada a la perfección. Una sola salvación, única esperanza e indivisa la caridad. No hay, por consiguiente, en Cristo y en la Iglesia ninguna desigualdad”. (Vat.II LG n. 32)
El Documento de Aparecida, haciéndose eco de esa doctrina Capitular dice:
“Los laicos/as deben participar en el discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” de las tareas pastorales.
Sin embargo, predomina, lamentablemente, en nuestra Iglesia la idea de considerar al laico y a la laica como colaboradores y como elementos auxiliares. Se les pide colaboración pero no se les da ningún poder de planificación o de decisión… Son buenos y sobre todo, son “muy buenas” para la catequesis, para arreglar la Iglesia, para adornar el altar en la fiestas y aún para leer en la asamblea la Palabra de Dios, pero nada más… Sin embargo, los laicos no deben ser considerados como elementos de segunda clase, ni mucho menos como “la clientela fiel y constante de la Iglesia”.
Padecemos de una verdadera “crisis de identidad laical” que se expresa en las siguientes actitudes:
– En muchos laicos predomina cierta mentalidad clerical con poca valoración de su “carácter secular” que es lo que constituye la identidad propia y específica del laico y de la laica.
– Falta de formación e interés por la teología y por la profundización de la Palabra de Dios.
– Carencia notoria de conocimientos y aplicación práctica de la Doctrina Social de la Iglesia.
– Escaso acompañamiento de los sacerdotes a los fieles laicos cuando éstos aceptan un compromiso socio-político.
– Se percibe, actualmente, en muchos laicos/as, sobre todo en los integrantes de ciertos movimientos católicos, tendencias hacia una espiritualidad intimista e individualista, alejada de un compromiso auténticamente evangelizador.
– Va haciéndose presente cada vez con más fuerza en el laicado la crisis de valores que afecta a nuestra sociedad: el relativismo moral, el individualismo, el consumismo, el hedoismo, etc…
El sacramento del Bautismo nos otorga a todos la máxima dignidad de ser hijos de Dios. Somos, por lo tanto una comunidad de hermanos y hermanas.
El Documento de Aparecida, siguiendo en esta línea, nos dice:
“Los fieles laicos/as son cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristino. Son hombres (y mujeres) de la Iglesia en el corazón del mundo y hombres (y mujeres) del mundo en el corazón de la Iglesia.” ( D.A. n. 210)
La discriminación de la mujer
Sin embargo, no podemos afirmar, ni mucho menos, que la mujer esté en el corazón de la Iglesia, más bien vemos que sufre una persistente discriminación.

Siempre ha habido dificultad en la Iglesia para comprender y aceptar en la práctica el comportamiento de Jesús con relación a la mujer.
Es cierto que esa discriminación contra la mujer no sólo se da en la Iglesia sino en la mayoría de las culturas. En nuestra relación con la mujer han influido en forma muy negativa tanto la cultura hebrea, así como la griega y la cristiana.
Jesús, sin embargo, ante la delicadeza de la mujer que derrama el vaso de alabastro sobre su cabellera y que es criticada por los discípulos y por el fariseo que le había invitado a su casa, la defiende y dice: “Donde quiera que se proclame el Evangelio se dirá en honor de esta mujer lo que acaba de hacer” (Mt 26, 6-14).
No nos vamos a detener a analizar esa conducta, tan valiente y tan humana de Jesús en relación a las mujeres ni en el hecho de la presencia de tantas mujeres evangelizadoras en los primeros años del cristianismo.
La Iglesia debe plantearse en forma valiente e impostergable la participación decisiva de la mujer en la Iglesia si realmente se quiere impulsar una auténtica evangelización de nuestro mundo.
Debemos tener presente que nuestra sociedad se encuentra ante la emergencia del pensamiento y del comportamiento autónomo de la mujer. Las relaciones de género y de trabajo han cambiado radicalmente. Ya la mujer moderna no se encuentra supeditada a la voluntad ajena, como pasaba hasta hace pocos años atrás. Avanza cada día con mayor presencia y decisión hacia un pensamiento y un comportamiento autónomo, sintonizando con la cultura moderna.
¿Han pensado los grandes estrategas de la nueva evangelización en ese enorme desafío el que el mundo femenino se vaya alejando paulatinamente de la Iglesia…? ¿Han pensado que mientras la mujer avanza gravitando cada vez con más fuerza en nuestra sociedad, sea la Iglesia la única institución importante en el mundo que no lo haya percibido…? El que la jerarquía no hayan analizado el hecho de que la mujer se vea cada vez con menos peso decisorio en la Iglesia a pesar de seguir siendo todavía la participante más numerosa y más fiel de las prácticas religiosas…
San Pablo insiste en que somos en la Iglesia una comunidad de iguales:
“Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Todos ustedes fueron bautizados en Cristo y se revistieron de Cristo. Ya no hay diferencia entre quien es judío y quien es griego, entre quien es esclavo y quien hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer. Pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. (Gal. 3,26-29)
El camino de un laicado formado, comprometido y consiente de sus discipulado misionero…
En muchos ambientes se habla del “siglo de los laicos” y de su responsabilidad histórica para cambiar definitivamente el rostro de la Iglesia piramidal que ha marcado la experiencia cristina, por el rostro de una Iglesia-comunión a imagen de la Trinidad.
No es sólo conveniencia… es imprescindible la colaboración de los laicos, sobre todo de la laicas, comprometidas en un discipulado misionero.
Aunque el carisma especial del laico/a sea su realización plena en el mundo, sin embargo, sería un error el encerrarlo únicamente en las tareas temporales.

La secularidad y la laicidad son notas específicas de toda la Iglesia en el marco de la relación Iglesia-Mundo
Quiere decir que también el sacerdote tiene una dimensión secular en su actividad pastoral. El mundo es el lugar donde deben concretarse, muy especialmente, los valores del Reino y en donde la Iglesia debe ser como fermento transformador.


IV.- A MODO DE CONCLUSION
No existe en la Iglesia actual una crítica abierta, constructiva y receptiva como sería de desear. Vivimos una especie de silencio cómplice.
Nos encontraos con muchos temas sobre los que existe un “mar de fondo” pero se guarda silencio en la superficie. Se quiere que no se dé la impresión de que en la Iglesia existe una división. Sin embargo, los distanciamientos son cada vez más profundos. Frente a ello, se recurre a las sanciones o a las advertencias y amenazas.
Los temas sobre los cuales se debería abrir un diálogo son muchos. Podríamos citar: la descentralización de la Iglesia, la reforma de la Curia Romana, el nombramiento más abierto y democrático de los Obispos, el papel del laico y sobre todo la laica, en la evangelización, la posible ordenación de laicos casados con formación pastoral, la aceptación a la comunión de divorciados, y tantos otros desafíos que nos presentan los temas relacionados, con la familia y la sexualidad, los avances científicos como el ADN, las células madre, etc…
Es cierto, y lo debemos reconocer, que en la Iglesia se da una pluralidad y un respeto a esa pluralidad mucho más que en los partidos políticos o el interior de los Gobiernos, pero el que otros estén peor no es razón para que no tengamos en la Iglesia un diálogo abierto y fraternal que resultaría un bien para todos, comenzando por la propia Iglesia.
El Concilio Vaticano II hizo suyas aquellas tres sabias normas que expone San Agustín: “Haya siempre unidad en lo necesario, libertad en los dudoso y caridad en todo”. El que haya “unidad en lo necesario” pone de manifiesto los límites que no debemos sobrepasarlos en nuestras críticas y observaciones. El que “haya libertad en lo dudoso” nos señala el amplio campo del pluralismo que siempre debería estar presente en toda organización y también en la Iglesia.
Sin duda que sin no hubiera existido en el Concilio esa apertura y ese espíritu de diálogo, no hubiera podido obtener los resultados tan positivos. Todos sabemos que gran parte de la Curia y un gran número de Cardenales poderosos eran contrarios a los más importantes aportes de los Padre Conciliares.
Sin embargo, podemos observar que a lo largo de la historia de la Iglesia siempre han estado presentes las voces proféticas y críticas que se han expresado con total libertad. Podemos citar a Santa Catalina de Siena, a San Bernardo de Claraval y, acercándonos a nuestro tiempo podríamos resaltar el caso de Rosmini, cuya crítica franca a la Iglesia de su tiempo la expresó en un libro titulado “Las Cinco Llagas de la Santa Iglesia” que poco después fue puesta en el ”Indice de Libros Prohibidos”.
El Papa Benedicto XVII ha declarado como Beato al Cardenal Neuman, amante de la Iglesia y fiel siempre a ella pero, a la vez muy crítico sobre el comportamiento de esa Iglesia a la cual tanto amaba.

P. Gregorio Iriarte o.m.i.

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