Despedida inolvidable

Jesús sabe que sus horas están contadas. Sin embargo no piensa en ocultarse o huir. Lo que hace es organizar una cena especial de despe­dida con sus amigos y amigas más cercanos. Es un momento grave y de­licado para él y para sus discípulos: lo quiere vivir en toda su hondura. Es una decisión pensada. Consciente de la inminencia de su muerte, ne­cesita compartir con los suyos su confianza total en el Padre incluso en esta hora. Los quiere preparar para un golpe tan duro; su ejecución no les tiene que hundir en la tristeza o la desesperación. Tienen que compartir juntos los interrogantes que se despiertan en todos ellos: ¿qué va a ser del reino de Dios sin Jesús? ¿Qué deben hacer sus seguidores? ¿Dónde van a alimentar en adelante su esperanza en la venida del reino de Dios?

Al parecer, no se trata de una cena pascual. Es cierto que algunas fuentes indican que Jesús quiso celebrar con sus discípulos la cena de Pascua o séder, en la que los judíos conmemoran la liberación de la escla­vitud egipcia. Sin embargo, al describir el banquete, no se hace una sola alusión a la liturgia de la Pascua, nada se dice del cordero pascual ni de las hierbas amargas que se comen esa noche, no se recuerda ritualmente la salida de Egipto, tal como estaba prescrito. Por otra parte es impensa­ble que esa misma noche en la que todas las familias estaban celebrando la cena más importante del calendario judío, los sumos sacerdotes y sus ayudantes lo dejaran todo para ocuparse de la detención de Jesús y orga­nizar una reunión nocturna con el fin de ir concretando las acusaciones más graves contra él. Parece más verosímil la información de otra fuente que sitúa la cena de Jesús antes de la fiesta de Pascua, pues nos dice que Jesús es ejecutado el 14 de nisán, la víspera de Pascua. Así pues, no parece posible establecer con seguridad el carácter pascual de la última cena.

Marcos, Mateo y Lucas dan suficientes indicaciones para que el lector identifique la cena con la Pascual judía (Marcos 14,1.12.16-17.18 y paralelos); Lucas incluso nos dice que ese era el deseo de Jesús: “¡Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con vosotros antes de morir!” (22,15). Jeremias, Gnilka y otros piensan que Jesús celebró la cena de Pascua. Sin embargo, se­gún Juan, fue crucificado la víspera de Pascua (18,28) y, por tanto, la cena fue antes de Pascua; tampoco Pablo dice nada de una “cena pascual” (1 Corintios 11,23-26). Hoy, por lo general, los autores niegan el carácter pascual de la última cena o lo dejan bajo interrogante (Schür­mann, Léon-Dufour, Theissen, Schlosser, Roloff, Theobald…).

Probablemente, Jesús peregrinó hasta Jerusalén para celebrar la Pascua con sus discípulos, pero no pudo llevar a cabo su deseo, pues fue dete­nido y ajusticiado antes de que llegara esa noche. Sin embargo sí le dio tiempo para celebrar una cena de despedida.

En cualquier caso, no es una comida ordinaria, sino una cena so­lemne, la última de tantas otras que habían celebrado por las aldeas de Galilea. Bebieron vino, como se hacía en las grandes ocasiones; cenaron recostados para tener una sobremesa tranquila, no sentados, como lo ha­cían cada día. Probablemente no es una cena de Pascua, pero en el am­biente se respira ya la excitación de las fiestas pascuales. Los peregrinos hacen sus últimos preparativos: adquieren pan ázimo y compran su cor­dero pascual. Todos buscan un lugar en los albergues o en los patios y te­rrazas de las casas. También el grupo de Jesús busca un lugar tranquilo. El relato de Marcos 14,13-15 y paralelos sobre la preparación de la cena pascual tiene rasgos legendarios y no permite deducir ninguna conclusión histórica.

Esa noche Jesús no se retira a Betania como los días anteriores. Se queda en Jerusalén. Su despedida ha de celebrarse en la ciudad santa. Los rela­tos dicen que celebró la cena con los Doce, pero no hemos de excluir la presencia de otros discípulos y discípulas que han venido con él en pere­grinación. Sería muy extraño que, en contra de su costumbre de compar­tir su mesa con toda clase de gentes, incluso pecadores, Jesús adoptara de pronto una actitud tan selectiva y restringida. ¿Podemos saber qué se vi­vió realmente en esa cena?

La última cena está consignada en Marcos 14,22-26; Mateo 26,26-30; Lucas 22,14-20 y 1 Corintios 11,23-26. Nadie duda de la historicidad del hecho. Sin embargo son textos muy con­densados y densos que no pretenden describir con detalle lo ocurrido, sino proclamar una acción de Jesús que dio origen a una práctica litúrgica que se está viviendo en las comunida­des cristianas. Las divergencias se deben a que cada redactor narra la cena desde la práctica cultual de su propia comunidad. No es difícil observar que son textos litúrgicos que fijan lo esencial: gestos que hay que hacer y palabras que hay que pronunciar. A través de ellos he­mos de tratar de aproximarnos a lo que se vivió en la cena de Jesús.

Jesús vivía las comidas y cenas que hacía en Galilea como símbolo y anticipación del banquete final en el reino de Dios. Todos conocen esas comidas animadas por la fe de Jesús en el reino definitivo del Padre. Es uno de sus rasgos característicos mientras recorre las aldeas. Jesús compara el reino de Dios a una cena en que toman parte “los pobres, lisiados, cie­gos y cojos”, sin excluir a nadie (fuente Q = Lucas 14,15-24 / / Mateo 22,2-10). Incluso los gen­tiles tomarán parte en ese banquete (fuente Q = Lucas 13,28-29 / / Mateo 8,11-12).

También esta noche, aquella cena le hace pensar en el banquete final del reino. Dos sentimientos embargan a Jesús. Primero, la certeza de su muerte inmi­nente; no lo puede evitar: aquella es la última copa que va a compartir con los suyos; todos lo saben: no hay que hacerse ilusiones. Al mismo tiempo, su confianza inquebrantable en el reino de Dios, al que ha dedi­cado su vida entera. Habla con claridad: “Os aseguro: ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que lo beba, nuevo, en el reino de Dios”. (Marcos 14,25 y paralelos). Por lo general, los autores ven en estas palabras el eco de un dicho genuino de Jesús. No se observa ningún rasgo teológico de la comunidad cristiana. Je­sús aparece como “comensal” en la mesa del reino sin ningún título cristológico.

La muerte está próxima. Jerusalén no quiere responder a su lla­mada. Su actividad como profeta y portador del reino de Dios va a ser violentamente truncada, pero su ejecución no va a impedir la llegada del reino de Dios que ha estado anunciando a todos. Jesús mantiene inaltera­ble su fe en esa intervención salvadora de Dios. Está seguro de la validez de su mensaje. Su muerte no ha de destruir la esperanza de nadie. Dios no se echará atrás. Un día Jesús se sentará a la mesa para celebrar, con una copa en sus manos, el banquete eterno de Dios con sus hijos e hijas. Beberán un vino “nuevo” y compartirán juntos la fiesta final del Padre. La cena de esta noche es un símbolo.

Movido por esta convicción, Jesús se dispone a animar la cena conta­giando a sus discípulos su esperanza. Comienza la comida siguiendo la costumbre judía: se pone en pie, toma en sus manos pan y pronuncia, en nombre de todos, una bendición a Dios, a la que todos responden di­ciendo “amén”. Luego rompe el pan y va distribuyendo un trozo a cada uno. Todos conocen aquel gesto. Probablemente se lo han visto hacer a Jesús en más de una ocasión. Saben lo que significa aquel rito del que preside la mesa: al obsequiarles con este trozo de pan, Jesús les hace lle­gar la bendición de Dios. ¡Cómo les impresionaba cuando se lo daba a los pecadores, recaudadores y prostitutas! Al recibir aquel pan, todos se sen­tían unidos entre sí y con Dios. Esta “fracción del pan” era un acto importante entre los judíos al comenzar la comida. Al parecer, en tiempos de Jesús se hacía ya de forma fija y ritualizada. Creaba entre los co­mensales una “comunión de mesa” ante Dios (Jeremías, Schürmann, Léon-Dufour).

Pero aquella noche, Jesús añade unas palabras que le dan un contenido nuevo e insólito a su gesto. Mientras les distribuye el pan les va diciendo estas palabras: “Esto es mi cuerpo. Yo soy este pan. Vedme en estos trozos entregándome hasta el final, para haceros llegar la bendición del reino de Dios” No es posible reconstruir las palabras exactas de Jesús a partir de las dIferentes versio­nes. Grandes especialistas como Jeremias, Schurmann o Léon-Dufour han renunciado a ello. La posición mas generalIzada ve en Marcos (= Mateo) el sustrato mas antIguo “Esto [es] mI cuerpo”, Pablo ha añadIdo “por vosotros”, Lucas ha completado “Esto es mI cuerpo entre­gado por vosotros” (Schlosser, Roloff, Theobald) “Cuerpo” en arameo viene a ser la “persona concreta”, “yo mIsmo”. ¿Qué sintieron aquellos hombres y mujeres cuando escucharon por vez primera estas palabras de Jesús?

Les sorprende mucho más lo que hace al acabar la cena. Todos conocen el rito que se acostumbra. Hacia el final de la comida, el que presidía la mesa, permaneciendo sentado, cogía en su mano derecha una copa de vino, la mantenía a un palmo de altura sobre la mesa y pronunciaba sobre ella una oración de acción de gracias por la comida, a la que todos respondían “amén”. A continuación bebía de su copa, lo cual servía de señal a los demás para que cada uno bebiera de la suya. Sin embargo, aquella noche Jesús cambia el rito e invita a sus discípulos y discípulas a que todos beban de una única copa: ¡la suya! Todos comparten esa “copa de salvación” bendecida por Jesús. Tal vez Jesús siguió una costumbre que consistía en enviar una “copa bendecida” a al­guien a quien se le deseaba hacer partícipe de la bendición, aunque no estuviera en la mesa (Dalman, Blllerbeck, Schurmann) Se le llamaba “cáliz de salvación” (Salmo 116,13) y, al pare­cer, tenía mas o menos el valor de nuestra accion de brIndar por alguien “¡A la salud!”

En esa copa que se va pasando y ofreciendo a todos, Jesús ve algo “nuevo” y peculiar que quiere explicar: “Esta copa es la nueva Alzanza en mi sangre. Mi muerte abrirá un futuro nuevo para vosotros y para todos”

Todas las fuentes hablan de la “alianza”, pero de forma diversa, Pablo y Lucas dicen “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre”, Marcos y Mateo, por el contrario “Esta es mi sangre de alianza” Los autores dudan en privilegiar un texto u otro. Bastantes prefieren la forma de Pablo y Lucas, pues el paralelismo “esto es mi cuerpo” = “esta es mi sangre” parece más propio de una adaptación a la acción liturgica que del lenguaje de una cena (thelssen) Otros dudan de la historicidad de las palabras sobre la sangre, pues nunca aparece en labios de Jesús la palabra “alianza”, pero tampoco se excluye que la empleara en esta ocasión.

Jesús no piensa solo en sus discípulos más cercanos. En este momento deci­sivo y crucial, el horizonte de su mirada se hace universal: la nueva Alianza, el reino definitivo de Dios será para muchos, “para todos”

En Marcos 14,24 se dice que la sangre es derramada “por muchos” La expresión griega hyper pollon significa literalmente “por muchos”, pero en la lengua aramea en que esta hablando Jesús no tiene sentido exclusivo, sino que sugiere la Idea de totalidad. La mejor tra­ducción española es “por todos”.

Con estos gestos proféticos de la entrega del pan y del vino, compar­tidos por todos, Jesús convierte aquella cena de despedida en una gran acción sacramental, la más importante de su vida, la que mejor resume su servicio al reino de Dios, la que quiere dejar grabada para siempre en sus seguidores. Quiere que sigan vinculados a él y que alimenten en él su esperanza. Que lo recuerden siempre entregado a su servicio. Seguirá siendo “el que sirve”, el que ha ofrecido su vida y su muerte por ellos, el servidor de todos. Así está ahora en medio de ellos en aquella cena y así quiere que lo recuerden siempre. El mandato “Haced esto en memona mía” (1 Corintios 11,24, Lucas 22,21) y la orden “Cada vez que bebáis, haced lo mismo en memona mia” (1 Corintios 11,25) no pertenecen a la tradición mas antigua. Probablemente provienen de la liturgia cristiana posterior, pero sin duda ese fue el deseo de Jesus al celebrar esta solemne despedida.

El pan y la copa de vino les evocará antes que nada la fiesta final del reino de Dios; la entrega de ese pan a cada uno y la participación en la misma copa les traerá a la memoria la entrega total de Jesús. El pan partido no es símil del cuerpo muerto y despedazado de Jesús, ni el vino es ima­gen de su sangre (el color rojo no es mencionado nunca), son mas bien imagen del banquete y la fIesta del reino de Dios.  Es el gesto de Jesús entregando un trozo de pan a cada uno y ha­ciendo beber a todos de su copa el que sIignifica su entrega hasta la muerte.

“Por vosotros”: estas palabras resumen bien lo que ha sido su vida al servicio de los pobres, los enfermos, los pecado­res, los despreciados, las oprimidas, todos los necesitados… Estas pala­bras expresan lo que va a ser ahora su muerte: se ha “desvivido” por ofrecer a todos, en nombre de Dios, acogida, curación, esperanza y per­dón. Ahora entrega su vida hasta la muerte ofreciendo a todos la salva­ción del Padre.

Profundizando mas en esa entrega de Jesús hasta la muerte, Marcos dIce que la sangre de Jesús “se derrama por todos” (14,24), Mateo añade que se derrama “para el perdón de los pecados” (26,28), Pablo y la carta a los Hebreos la presentan teológIcamente como “un sacrifi­cio de expiación” por el pecado de la humanidad.

Así fue la despedida de Jesús, que quedó grabada para sIempre en las comunidades cristianas. Sus seguidores no quedarán huérfanos; la co­munión con él no quedará rota por su muerte; se mantendrá hasta que un día beban todos juntos la copa de “vino nuevo” en el reino de Dios. No sentirán el vacío de su ausencia: repitiendo aquella cena podrán alimen­tarse de su recuerdo y su presencia. Él estará con los suyos sosteniendo su esperanza; ellos prolongarán y reproducirán su servicio al reino de Dios hasta el reencuentro final. De manera germinal, Jesús está dise­ñando en su despedida las líneas maestras de su movimiento de segui­dores: una comunidad alimentada por él mismo y dedicada totalmente a abrir caminos al reino de Dios, en una actitud de servicio humilde y fra­terno, con la esperanza puesta en el reencuentro de la fiesta final.

Recientemente, diversos investigadores han visto en la “última cena” una acción que “complementa” el gesto profético realizado poco antes por Jesús contra el templo. Según esta hipótesis, Jesús habría entendido la “cena” como una alternativa nueva y radical al sistema del templo. El servicio al reino de Dios y su justicia no estaría vinculado al sistema religioso­político-económico del templo judío, sino a la experiencia fraterna de una comida donde los seguidores de Jesús se alimentarían de su espíritu de servicio al proyecto de Dios y de su con­fianza en la fiesta final junto al Padre (Theissen, Neusner, Chilton, Wright, con diversos mati­ces y subrayados).

¿Hace además Jesús un nuevo signo invitando a sus discípulos al servicio fraterno? El evangelio de Juan dice que, en un momento deter­minado de la cena, se levantó de la mesa y “se puso a lavar los pies de los discípulos”. Según el relato, lo hizo para dar ejemplo a todos y ha­cerles saber que sus seguidores deberían vivir en actitud de servicio mutuo: “Lavándoos los pies unos a otros”. La escena es probablemente una creación del evangelista, pero recoge de manera admirable el pen­samiento de Jesús.

Se encuentra solo en Juan 13,1-16. Aunque hay estudiosos que defienden su autentici­dad (Dodd, Robinson, Bauckham), la mayoría tiende a considerar el relato como una compo­sición tardía. La introducción (13,1-3), teñida del lenguaje y la teología propia del evangelio de Juan, no ofrece garantías para vincular este episodio con el contexto histórico de la última cena.

El gesto es insólito. En una sociedad donde está tan perfectamente determinado el rol de las personas y los grupos, es impensable que el comensal de una comida festiva, y menos aún el que preside la mesa, se ponga a realizar esta tarea humilde reservada a sier­vos y esclavos. Según el relato, Jesús deja su puesto y, como un esclavo, comienza a lavar los pies a los discípulos. Difícilmente se puede trazar una imagen más expresiva de lo que ha sido su vida, y de lo que quiere dejar grabado para siempre en sus seguidores. Lo ha repetido muchas veces: “El que quiera ser grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (Marcos 10,43-44. Cf. también Marcos 9,35). Jesús lo expresa ahora plásticamente en esta escena: limpiando los pies a sus discípulos está actuando como siervo y esclavo de todos; dentro de unas horas morirá crucificado, un castigo reservado sobre todo a esclavos.

José A. Pagola

Jesús, Aproximación histórica

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