LO QUE EVOCA LA MÍSTICA EN LA VIDA DE LAS MUJERES

“LO QUE EVOCA LA MÍSTICA EN LA VIDA DE LAS MUJERES”


Dentro de los paradigmas que han dibujado la espiritualidad y por consiguiente, la mística, emergieron oficialmente los hitos semióticos del mundo masculino, ministros de lo sagrado, cuidadores del templo y del alma: sacerdotes y religiosos. Así, los reflejos más anárquicos y laicos del misterio, se quedaron cubiertos por cortinas tejidas con la mentalidad y el lenguaje de la interpretación varonil y clerical. La semiótica de la vida, del cuerpo y de las cosas se reveló desde la sensibilidad de este universo simbólico. El encuentro con el misterio se dio atravesando los pasillos de arquetipos sacerdotales desde los que las mujeres no podemos ser protagonistas: la Eucaristía, la cruz y el/ sacrificio de Cristo como sacrificio eficaz y satisfactorio, el Santísimo Sacramento, el altar,…. Ciertamente, las mujeres no podían ni pueden acercarse a estos espacios como sujetos principales, sino como destinatarias de algo que necesita siempre mediadores.

Esta trama dura desde siglos, épocas, tiempos; a veces nos parece eterna, sin principio, casi como un destino: el destino de las mujeres. Está claro, sin embargo, que ésta es la trama oficial, pero no la real, es decir, la que se cuida en los intersticios de la historia cotidiana y de los secretos de los espíritus humanos. Las mujeres inventaron sus propios espacios. La mística irrumpe precisamente como posibilidad de ensanchar espacios en lo sagrado. La mística se torna para todas las mujeres un grito de reivindicación, anhelo de creatividad, búsqueda de su propio yo escondido y silenciado, por no decir, reprimido. En algunos casos se vuelve espacio de transformación de los mismos paradigmas usados por los varones, y otras veces, transgresión y novedad total.

En muchas ocasiones, las mujeres renacieron desde la mística, incluso en los momentos más excluyentes y oscuros de la historia: atrevidos gestos, transfiguración de las cosas, unión y sólo unión con el misterioso centro de la vida, explosión de la vida original, fuente. En la mística, las mujeres sintieron; hubo momentos históricos en los que ellas buscaban sólo reconocerse en este espacio secreto, en el que podrían ser ellas mismas y allí, inventar otro lenguaje religioso. La experiencia se hizo fenómeno y los fenómenos se multiplicaron como imágenes en un espejo. Imitación de otras mujeres a lo largo de la historia, solidaridad secreta para poder sobrevivir, o sentirse protagonista de sus propios mundos interiores y de la recreación de los espacios sociales y religiosos.

En este sentido, la mística evoca algo a las mujeres que se redescubren más allá de los modelos culturales y sociológicos que el mundo de lo consciente colectivo, les proporcionó. La mística recrea la posibilidad de un espacio y de un nacimiento: atrevidas iniciativas y secretas transgresiones, ámbitos en los cuales no hay que rendir cuenta a las construcciones legislativas de los humanos. Espacios desobedientes de risa, de llanto, de gemidos y gritos. Expresiones de afectos, gestos y más gestos, transfiguración de las cosas y de las palabras, y a veces, verdadera transgresión. En la mística, las mujeres vivimos y revivimos, una y más veces, y con ella revivieron y reviven nuestras historias. Más allá de épocas históricas específicas, la mística nos reconduce a dimensiones arquetípicas, cuya calidez atrae a las mujeres que sienten el retorno a estos espacios más allá de la historia, como un progresivo camino de liberación.

En personalidades femeninas, estos arquetipos no tienen la función de distraer o alucinar a las mujeres, sino más bien, de llamarlas a la responsabilidad creativa y a la osadía deliberada. Invitación a una soledad sonora para renacer. No compartimos la opinión de los que dicen que la experiencia mística no es lo esencial en el cristianismo.

Esta afirmación se refiere a la mística considerada como fenómeno dentro de una jerarquía de valores espirituales predefinidos. En realidad, para las mujeres, la mística fue y permanece como una posibilidad creativa de vida alternativa dentro de rígidos esquemas eclesiales y patriarcales. La mística, como fenómeno, no es lo que más nos interesa. La mística como recuperación de identidades solas y libres, sí, como una necesidad para reconstruir el sueño ético de la vida.

La imagen de los arquetipos nos parece sumamente elocuente para superar un lenguaje místico específicamente religioso y además cristiano o católico. La historia de la mística de las mujeres, en este sentido, tiene un sabor ancestral, sin tiempo y holístico.

Nace con no algunas psicólogas feministas- con los círculos de las mujeres: Los círculos de las mujeres sabias son arquetipo en sí mismos. La imagen que nos viene a la mente es la de un grupo de ancianas respetables, abuelas o madres de clanes reunidas en círculo. (…) Este círculo posee una dimensión sagrada y personifica la sabiduría colectiva de sus miembros. Es el arquetipo que posee el potencial de canalizar la sabiduría femenina hacia la cultura, y este  arquetipo en cuestión no es una diosa, sino un círculo.

Esta simbología arquetípica es como un eco presente en la historia, sonido o voz que atrae y unifica la historia de las mujeres, además de consolarlas y hacerlas renacer. Aunque este arquetipo se rescatará sobre todo a lo largo de la historia de los años 60, a nosotras nos parece el más antiguo y el más bello; necesidad para refundar historias diferentes, no sólo de mujeres, sino también de sociedades y pueblos. Redescubrimiento del estallido desde dónde nacimos todas y todos, el cosmos también. Nacimiento de la vida, armonía no jerárquica ni de personas, ni de cosas, sino espacio alternativo. Protohistoria de las culturas, también de todo lo ancestral puramente masculino, como si fuera único, como si hubiera nacido solo él y todo lo demás viniera después, o derivara, o fuera su producción.

Cuando las mujeres nos preguntamos desde dónde renacer, no buscamos los espacios clásicos ya conocidos: el vientre, la madre… espacios individuales de nuestras historias personales. Buscamos espacios ancestrales que no caben en los cánones de las coordenadas históricas culturales y religiosas más clásicas. Para renacer no buscamos un vientre, sino un génesis, que nos permita no sólo continuar viviendo –como siempre hemos vivido-, sino revivir en otro modo, desde otra perspectiva, desde otros sentimientos, desde otra interpretación de nosotras mismas y de la historia. Es interesante ver como Jesús le propone a Nicodemo “nacer de nuevo”, y como éste, no lo entiende.

Piensa que lo único posible es volver otra vez al vientre de su madre, es decir, ampararse otra vez en lo mismo. Sin embargo, se trata de renacer desde la soledad, de salir del sistema establecido, de volver a la creación, al cosmos… y de no crecer en los mismos paradigmas culturales. Nacer del agua y del espíritu es hablar de categorías holísticas del verdadero génesis. El viento que no sabemos de dónde viene ni adónde va habla de no asumir los ritmos de siempre sino de familiaridad con el misterio. .Categorías, todas ellas, nosotras y con el cosmos, espacio sagrado por excelencia. Nace –dirían que superan la lógica de renacer siempre de lo mismo: el vientre de la madre (Cf. Jn 3,5.8).

Para renacer de esta manera, debemos sospechar sobre la misma hermenéutica histórica que siempre nos acompañó y acompañó las sociedades. Sospechar que la historia es simplemente “historia del hombre” aunque con este término se quiera indicar el género más amplio que corresponde al género humano. Nuestra arqueología no sigue simplemente las huellas de los que cristalizaron eventos, gestos, lenguajes y cosas en el tiempo, sino al Invisible que gestó origen, Big Bang, estallido de vida. Confusión y no orden, porque el orden ya se refiere a un sistema que alguien formuló, sintetizó, calculó, organizó. Confusión, desorden para que nazca la armonía circular de la vida.

Sin embargo, la historia es patriarcal; sus mitos también. Las mujeres la interpretamos desde una osadía mística, o atrevimiento: desobedecer a las leyes asumidas en el tiempo, sospechar sobre el origen, pero también sobre la organización de la vida, de las sociedades, de las culturas y religiones. Descubrir los hilos ancestrales de una cultura matriarcal, pacífica, amante de las artes, y ligada a la tierra y al mar, mito y utopía, pasado y presente, mientras se forjan posibilidades para sostener la propia vida, la de las demás y la creación con sus productos y recursos. Terminar con la explotación egocéntrica de los géneros en la biodiversidad cósmica, subterránea y escondida, conocida y desconocida.

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