Expertas En Comunión


“Espiritualidad de comunión”

Partamos de la invitación que nos ofrece Vita consecrata en el nº 46: “Se pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la respectiva espiritualidad»1. Me parece que de esta afirmación afloran dos cosas:
– La vocación de la vida consagrada a ser expresión de comunión en la Iglesia y en el mundo.
– La naturaleza profunda de la espiritulidad, que no puede ser sino espiritualidad de comunión y para la comunión.
Ninguna de ambas cosas se ha de dar por descontada, y quizá en especial la segunda.

Podríamos decir que los consagrados son expertos en comunión exactamente porque son expertos en espiritualidad, pero quizá hoy deberíamos redescubrir el sentido auténtico de este término, purificándolo de contaminaciones e incrustaciones varias, si de verdad queremos recobrar la centralidad de la espiritualidad en el camino de renovación de la vida consagrada y de recuperación de su naturaleza comunional.
1.1. Espiritualidad e identidad
Espiritualidad significa, ante todo, aquel lugar o aquel contenido o aquella relación con Dios dentro de los cuales busco y encuentro de modo continuo mi identidad. La espiritualidad no es ni puede ser ese algo elástico y vago, inmaterial e indefinido, que se reduce a la oración o incluso a prácticas de piedad, secreta y privada, impuesta por la Regla o sustancialmente facultativa, que cada cual puede llenar como bien le parece, e incluso modificable a discreción a lo largo de la vida. Más bien es la revelación progresiva en Dios de mi yo ideal, y revelación que forma una sola cosa con mi relación con Dios, la relación-madre; revelación que comienza con la teofanía, o sea, con la revelación que Dios me hace de sí mismo, y en la que al mismo tiempo –y esto es lo extraordinario– está escondida mi identidad personal2.
Para el consagrado, tal teofanía, que es también antropofanía, se produce en el carisma del instituto de pertenencia: en él, día tras día, se manifiesta el Padre y me manifiesta a mí mismo; en él y en sus componentes (desde la experiencia mística que está en la raíz de una inspiración carismática hasta el camino ascético y el servicio apostólico) se da la revelación cotidiana que nos revela a nosotros mismos.
Hay, pues, una idea fuerte en la base del concepto de espiritualidad: la espiritualidad es mi identidad o la fuente de ella. Se podría quizá decir que la espiritualidad es el correspondiente teo- lógico del concepto psicológico de identidad.
1.2. Espiritualidad y relación
En este momento hay que extraer una consecuencia muy importante: si es el carisma el que define la identidad, entonces en un instituto la identidad es algo que compartimos juntos, por extraño que pueda parecer, y este compartir es de algún modo “celebrado” en la referencia al carisma. Por tanto, la espiritualidad no es solo fuente de la identidad del individuo, sino también de la identidad común, y por tanto está en la base de la relación, la crea y la motiva profundamente, la purifica y sostiene, la provoca e impulsa, le impide reducirse a algo puramente psicológico a cerrarse en una bipolaridad asfixiante, excluyente y exclusiva. La espiritualidad es relacional.
Esto es mucho más evidente si reparamos en que “espiritualidad” deriva de “Espíritu” (no es un gran descubrimiento), que quiere decir relación, que es la relación en la familia Trinitaria, o que equivale a decir incluso que Dios es relación. Por tanto, la relación es una realidad espiritual, es santa, podemos decir, es tierra santa, lugar donde Dios habita, como por lo demás prometió Jesús mismo: “… donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20); en medio, o sea, en la relación, no de uno ni de otro, sino entre uno y otro.
Pero, entonces, si espiritualidad significa todo esto, la espiritualidad es ciertamente algo personal y que refleja el propio mundo interior, pero la del consagrado no puede ser una espiritualidad privada y subjetiva, sino que se abre a la relación; o, vista desde la otra vertiente, la relación dentro de la vida consagrada no puede ser sino espiritual, fundada en lo espiritual. En una perspectiva unitaria decimos que la relación espiritual que llega a la comunión entre miembros de la misma comunidad es exigencia totalmente natural y fundamental, por el mero hecho de que tienen en común la misma espiritualidad; por tanto, es un hecho ya cumplido, pero que también pide ser “ejecutado” o llevado a maduración día tras día.
En ese caso, la espiritualidad llega realmente a ser cada vez más relacional-comunional, y más en concreto llega a ser de hecho fuente de identidad, fundamento de la relación, camino de santidad y don que se comparte en la misión. Vienen a ser cuatro pistas abiertas ante nosotros. Veamos por orden qué implica en concreto cada una de ellas.

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